Medina Azahara hiciste, Abderramán. Y jamás los ojos de los hombres habían visto, ni vieron, ni verán una ciudad como ella. Todo el orbe se conjuró para obrar la maravilla. Los mares se cubrieron de bajeles que zarpaban de África, de Siria, de Italia y Grecia con presentes para Medina Azahara. De Túnez y de Medina vinieron jaspes verdes y rosados. Cuanto quedaba de Cartago fue traído hasta aquí. Roma envió columnas; Bizancio, pórfidos y mosaicos; Tarragona, Málaga y Almería, mármoles vinosos y blancos y rayados. Medina Azahara fue el capitel del mundo. Aquí, las piedras eran como flores y las flores eran piedras preciosas. De los artesonados colgaban gruesas perlas. Bajo los pavimentos, las acequias hacían sonar el agua de treinta y ocho modos diferentes, para exaltar o adormecer o serenar el ánimo. Más de seis mil columnas tuvo…

El día que me trajiste, para que ni los pies de los esclavos que transportaban mi litera se mancharan de tierra, tapizaste el camino con polvo de oro, nardos y canela… Este es el aposento donde tú y yo nos encontrábamos. Sus altas bóvedas eran láminas de oro y plata.

Aquí estaba la fuente donde yo me bañaba. De jade verde incrustado de perlas. Alrededor, doce animales hechos de oro rojo, de cuyas bocas brotaban chorros de agua… Esto fue el salón de los embajadores, con sus potentes muros de mármoles calados, sus ocho puertas de ébano y marfil, su artesonado cubierto de carbunclos, de ágatas y de ónices, y la gran fuente de Mercurio deslumbrando a quienes la miraban…

Pero nada se puede en contra del destino. El hombre es como un nómada que no puede pararse: huye, huye, y se agostan las mieses, perecen los almendros, se esfuman las palabras, los jinetes que montaron un día a caballo orgullosos caen por la tierra; caen por la tierra los techados de oro; la belleza que costó tantos años conseguir, en un cerrar de ojos se abate y desmorona. Cuando se cumple el plazo, todo tiene un lugar de muerte señalado. Nada se puede hacer contra el destino… Abderramán, no hiciste bien poniéndole a esta ciudad mi nombre. La flor no dura apenas… Adiós terrazas sofocadas, cansados restos que presenciasteis mi felicidad. Adiós, transparencia del aire. Adiós, testigos…

Yo os juro que el amor no se muere: yo, que fui hecha de amor para el amor. Por eso, cuando vuelva a vivir Medina Azahara -piedras, almendros, torres derrocadas, arrayanes, palmeras, arcos, metales, esplendor extinguido-, todos sus añicos, por muy lejos, por muy hondos que estén, volverán a su sitio en que el amor los puso. Porque tú, ciudad mía, fuiste hecha, como yo, de amor para el amor.

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