Leo en nuestras páginas de hoy que los hoteleros reclaman menos trámites burocráticos y que los comerciantes exigen más plazas hoteleras con la esperanza de alentar sus negocios. Lo entiendo. Cádiz es uno de los últimos reductos de la bondadosa costa española sin aprovechar. Y es inexplicable, dicen, con tal clima, con tal belleza. Comparto, en parte, la reflexión. Los juegos sucios entre partidos políticos y la tradicional poca sangre emprendedora (una especie de herencia envenenada que pasa de generación en generación) han taponado la industria turística de una ciudad que podría ser hermana de la hermosa languidez de Venecia, del atractivo tropical caribeño o de la serena belleza de una isla griega.Y aquí ya me entra el miedo. Miedo a los sueldos que ofrecen algunas cadenas hoteleras, miedo al precio del suelo, miedo a los contratos del sector servicios... Porque sé qué es Venecia, y el Caribe, y las Islas Griegas, prefiero el control.

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