Las pulsiones humanas son un enigma en su conjunto. Qué activa el mecanismo cerebral para llevar a cabo una acción no premeditada es una de las incógnitas más sugerentes en el ámbito del psicoanálisis. Sobre todo por su marcado carácter sexual. Aunque no es lujuria todo lo que reluce, a veces también ocurre que el impulso viene promovido por otras cuestiones. Siembre abogando por la autosatisfacción y por experimentar un placer casi orgásmico (sin necesidad de sexo), las pulsiones mueven al mundo. Aunque lo lleven a terrenos de una muy cuestionable satisfacción.

Hace un par de días el mundo ponía sus ojos en Sevilla y la convertía en la capital del consumismo mundial. La apertura de un gran centro comercial (el más grande, el más equipado, el más bonito, el más pasado por agua) mantuvo expectantes a los ciudadanos los días previos quienes, bombardeados por una atractiva carta de presentación, se vieron obligados a sentir la necesidad de acudir a dicho centro comercial nada más abrir. Tan grande -y tan efectiva- ha sido la campaña de promoción que todo el mundo quiso asistir a la inauguración. Las mejores tiendas, las más exclusivas y únicas en la ciudad, las mejores novedades a nivel nacional y la mayor oferta gastronómica de todo el planeta Tierra sirvieron para inocular el gusanillo de la curiosidad entre los sevillanos (y andaluces y españoles, ¿por qué no?). La labor de la campaña ya estaba hecha y ha resultado ser redonda.

Para satisfacer sus necesidades, muchos se han dejado arrastrar por esas pulsiones que no siempre responden al sexo. Han hecho trampas para estar entre los VIPs la noche de la inauguración, han aguardado ridículas colas para ser los primeros en acceder al centro comercial y colmarse de regalos (armas de doble filo; luego han comprado el doble de lo regalado) y han estructurado su fin de semana en base a la oferta de ocio, gastronomía y moda que ofrece el centro comercial. Sin cuestionamiento alguno se han dejado llevar por el instinto y el instinto les ha llevado de nuevo a un rebaño en el que, satisfechas las necesidades más frívolas, todo lo de vital importancia pasa a un segundo lugar. Las pulsiones mueven al mundo y eso lo sabe el que domina al mundo, por eso no duda ni un segundo en sacar tajada de la conducta más primitiva del ser humano con una maestría sublime a la hora de crear necesidades que deban ser saciadas incluso antes de experimentarlas.

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