Miedo libró un dura batalla con la ilusión. Se maquilló en una gris tarde de miradas esquivas y saludos afectuosos, se vistió extrañado con las telas ya descubiertas, trató de ahogarse en una copa de manzanilla que siguió a otra, pero salió a flote reforzado en un camerino de ensueño, entre flashes y jaleos, para instalarse en unas piernas cuando el telón estaba a punto, arrojando la copla hacia el vacío desconocido.El Asco nació insignificante, apenas se podía intuir en el inicio de guitarras y pitos, pero ya existía. Fue asomando su turbia piel palabra tras palabra, verso tras verso, en una copla a la que empezaron a salirle verrugas, supuraciones y llagas, cuando un monstruo horripilante tomó forma, para espantar a cualquiera que se atreviera a recibirlo.

La Ira fue un disparo. Una simple e ingeniosa bala, que no necesitó ni de 140 caracteres para alcanzar el alma de un ingenuo y cansado combatiente de teatro, que buscaba aprobación y complacencia en la bullanguera plaza de las opiniones. La Ira y su calor se apoderó de él, tomando el control sobre el sentido común.

La Tristeza surgió en una voz, en una enlatada voz. Se transmitió por cable y onda, se multiplicó en un amplificador y se escupió por los altavoces de un coche, para clavar su veneno a través del aguijón del nombre de la comparsa siguiente en el orden, veneno que duraría todo un año, sembrando dudas y desconciertos, inseguridades y renuncios.

La Alegría, siempre la alegría, mi reina. Arrancó en el escenario en forma de remate, alcanzó el foso como una nube que debía procesarse, pasó por butacas que asistían inauditas a una onda expansiva que, en centésimas, sacudía platea, palcos y anfiteatro, para estallar y convertirse en Júbilo ensordecedor en las fronteras del Paraíso.

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