Análisis

Guillermo Alonso Del Real

Fin de curso

Q uienes hemos dedicado a la enseñanza casi toda la vida nos hemos habituado a contar los años por cursos académicos. Incluso después de la jubilación, persistimos en este calendario subjetivo, que se inicia en el mes de septiembre y finaliza en los principios de julio, si bien continúa muy presente durante las vacaciones de verano, porque esto de la educación es en realidad un permanente estado de ánimo.

Pero no somos sólo nosotros, porque personas de otras profesiones se han apuntado de grado o por fuerza a este conteo temporal. El pasado martes, sin ir más lejos, asistí a una reunión encaminada a elaborar un proyecto de índole política en la que participamos unas cuarenta personas. Tras la exposición del amigo que iba a coordinarnos, todos dimos por sentado que las sesiones no volverían a reanudarse hasta un septiembre avanzado. Como lo más natural del mundo. Eso sí: en el ínterin se podrían realizar trabajos individuales, que aportarían recursos al proyecto. No sé si eso era por eficacia o por una relativa mala conciencia, pero así se acordó.

En nuestra querida ciudad ese calendario es una realidad de toda evidencia. Hay, incluso, mucha gente afortunada (no rica, afortunada) que traslada su domicilio habitual a la playa o al "campito", concepto éste muy amplio aunque bien definido en nuestro mapa cognitivo y emocional. Mi amigo Isidro, jubilado como yo, vive durante el curso en una casa relativamente céntrica, pero en cuanto pasa la Feria de San Antonio, ya está liando los bártulos con su señora y se largan a su "campito" para todo el verano. Pese a su avanzada edad, Isidro se dedica a sus gallinitas y a sus pequeños cultivos, que sólo atiende ocasionalmente a lo largo del año no estival. Y cualquiera le quita esa costumbre, por más que hijos y otros deudos le digan que ya no está para esos trotes y que la casa no reúne las condiciones óptimas para su habitación. Yo le comprendo perfectamente.

Otros se van a la playa, distante muy pocos kilómetros de su residencia urbana habitual. Estas conductas deben de ser muy antiguas y tradicionales, aunque le preguntaré a Pepe Mier a qué fechas es preciso remontarse para escudriñar su origen. Personalmente, me gusta imaginarme familias decimonónicas desplazándose en vehículos hipomóviles con los colchones, los baúles y algo de mobiliario de la casa urbana a la rural o marítima. A esos se les llamaba con gran propiedad "veraneantes", aunque la noción sea extensible a sevillanos, madrileños y gentes de otras procedencias, aquellos que podían permitirse un largo verano vacacional. Al concepto de veraneante queda estrechamente relacionado el de "rodríguez", así, con minúscula, que era el paterfamilias que facturaba a su gente hacia la playa, la montaña o el campo, mientras él permanecía sudoroso y normalmente cabreado en la urbe calurosa e inhóspita. A estos pobres sujetos se les atribuía, creo que injustamente, una actividad promiscua y libidinosa en su lamentable soledad. Bastante tenían con alimentarse de mala manera y lavarse los calcetines en el lavabo, los pobres infelices. Claro que eso sucedía cuando las mujeres no habían ganado aún el discutible beneficio del trabajo fuera de casa. Logro sin duda de gran importancia social, pero que sólo alcanzará su plenitud cuando los varones se determinen definitivamente a compartir de pleno las tareas familiares, tanto educativas, como domésticas.

El fin de curso trae consecuencias benéficas para muchos, pero aporta inconvenientes y problemas de compleja resolución. Por ejemplo, muchas familias que trabajan no saben cómo organizarse con la prole. No es cosa de dejar al niño o a la niña (singular o plural) sueltos por casa frente al televisor o la consola de juegos, lo que obliga a rastrear ocupaciones alternativas, no siempre accesibles ni existentes. En Chiclana parece que hay bastantes soluciones para esa cuestión, pero tal vez no tantas como sería preciso.

El tramo más complejo es el que podríamos definir con el término "zangolotino" o "edad del pavo", si me permiten la licencia. Se trata de adolescentes y pre-adolescentes, carentes de la autonomía suficiente, pero lejos de la edad infantil. ¿Qué diablos hacer con ellos (y ellas, Pepa: no te enfades)? Tengo la impresión de que hay muy escasas opciones de ocupación lúdica o académica para estos muchachitos y muchachitas.

Y conste que no echo la pelota al tejado de las autoridades municipales y otras entidades públicas. Parte de las responsabilidades se les pueden achacar, pero no vale hacerles cargar con todos los mochuelos. No estaría mal que surgieran iniciativas de carácter privado o cooperativo que acudieran a cubrir estas y otras demandas sociales, pero no parece cosa muy sencilla.

No quiero finalizar esta página sin un sentido recuerdo para los opositores, esos seres sudorosos y afligidos que por estas fechas intentan acceder a un puesto docente estable y suficientemente retribuido. ¡Suerte y buena mano, chicos!

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