Lo que saben los niños de Andalucía no lo pongo en cuestión. Pero el nivel que demostramos los adultos de este país, a veces, es para hacérselo mirar. Afortunadamente, parece que la Filosofía recupera su lugar central en el currículo educativo. Menos da una piedra. No sé dónde leí o escuché -soy nefasta para las citas- que los responsables de la última gran crisis que sufrimos, esa de la que estamos saliendo, no metieron la pata por falta de conocimientos técnicos, sino por una carencia absoluta de ética. Grandes expertos en economía y finanzas que no consideraron las consecuencias de sus actos, o las consideraron y no les importó, o les importó pero no se sintieron responsables. En definitiva, filosofaron poco.

Sin embargo, se nos olvida, y nos pasa con la Filosofía como con la Historia, la Literatura o el Arte, que abordamos la educación como si su único fin fuera otorgar herramientas para encontrar trabajo o hacer dinero. Como con las ideas emprendedoras -ahora que el lenguaje empresarial lo inunda todo-, que si no pueden monetizarse, da igual el valor que tengan, se descartan.

Este empecinamiento pragmático y cortoplacista no está solo en la educación. A la política le exigimos lo mismo. Ahora es el cambio del nombre de las calles, pero no es el primer ni último ejemplo de debate que se denigra no porque haya opiniones enfrentadas -que de eso va la política-, sino porque "hay cosas más importantes". Ojo, que no entro aquí en los argumentos a favor y en contra del cambio, sino en el hecho en sí de afrontar este asunto. ¡Qué manía con que no es el momento! Que hay asuntos más urgentes, que no nos podemos distraer… Por esta regla de tres, hasta que no estuviera resuelto el problema del hambre en el mundo, todo lo demás sería accesorio y superfluo. No es el momento de hablar de cambios de calles, ni de eutanasia, ni de lenguaje machista… ni de nada que nos obligue a cuestionarnos nuestras ideas, los principios que creíamos inamovibles, que nos obligue a pensar y a dudar. No sabemos filosofar.

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