Fiera del libro

Los protagonistas son otros, los héroes: unos con uniforme y otro, sin él

Sábado tarde. Hace calor mezclado con un poquito de frío. Feria del Libro de San Fernando: una laberíntica sucesión de casetas encastrada en el triángulo que forman la Iglesia Mayor, el Hotel Salymar y la Mallorquina. Su fin no es solo la promoción de la literatura, los libros, autores, editoriales y demás fauna. También, el fomento del teatro. Especialmente el infantil. Sobre el escenario, arlequines y polichinelas del siglo XXI dirigiéndose a niños y niñas, cómo están ustedes. Etcétera. Ristras de sillas formando un aula imaginaria, un lugar sin pupitres ni paredes en el que los chiquillos asisten a actividades de provecho. Presidiendo el acto, sentado en la primera fila, un hombre a punto de abandonar la sesentena; un alma errante tocada por la luz de Nietzsche.

G2 viste un espíritu distinto. Quizá entretenga sus noches leyendo novelas policíacas o estudiando oposiciones policíacas. Puede que sueñe con patrullas eternas, con la ley y el orden. Con donuts, qué sé yo. G2 está allí, en la Feria del Libro, paseando. Ha visto las bellas encuadernaciones amanuenses que exhibe Carlos Cherbuy, los antiquísimos aparatos de Radio La Isla (la radio con sal), los floridos escaparates de Bibliópola y Bozano y los libros de saldo que prácticamente regala una organización sin ánimo de lucro. Por megafonía se anuncia la función teatral. G2 anda apenas cuatro metros y observa el pequeño escenario, ocupado por esos magos de la ilusión que son los actores. Y entonces lo ve.

Un cuchillo, ¿es un cuchillo? El hombre anciano, el de la primera fila, lleva guantes blancos y parece esconder en una mano un arma blanca. A su alrededor, sentados o inquietos, niños disfrutando de la obra. G2 se acerca con cuidado. Comprueba. Toma una decisión. ¿Cuál? La más sensata. Coge su móvil y llama a los héroes, mas no a esas figuras gigantescas que decoraban la Feria -el Capitán América, el Increíble Hulk- sino a los de verdad: a la Policía Local de San Fernando.

Con rapidez, dos agentes se teletransportan en el corazón de la Feria del Libro. Los conozco, son gente sensata, madura. Conocen bien su oficio. Se aproximan con cuidado al hombre y ven el cuchillo: éste lo oculta en el dorso de su brazo. Toman impulso y lo inmovilizan, el arma cae al suelo: en su hoja refleja el sol su despedida. G2 contempla la escena sabiéndose héroe primigenio, Sherlock Holmes del extrarradio sureño. Una parte de él hubiera querido arrojarse sobre aquel tipo. Otra parte no.

Los niños se asustan. Los padres se asustan. Los actores se asustan. Es probable que el anciano del cuchillo también se asuste. Cero heridas, nadie es degollado, no se produce ningún apuñalamiento. Los policías locales de la Isla detienen a la fiera del libro y lo conducen a la comisaría de la policía nacional. Su futuro es aún voluble: ha de explicar sus motivos, sus razones. Ya se verá. Deja ya de tener relevancia en este artículo. Los protagonistas son otros, los héroes: unos con uniforme y otro, sin él, pero con la sangre fría, mezclada con un poquito de calor.

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