Los niños, a veces, tienen fiebre. Se resfrían, cogen virus; el pan nuestro de cada día en un curso cualquiera se ha convertido en 2020 en una película de terror. Porque si el termómetro marca alguna décima de más, comienza la yincana.

Una, que es responsable, aunque cree que la cosa no irá más, se informa de lo que debe hacer. Las recomendaciones son llamar al centro de salud o al teléfono habilitado para consultas sobre coronavirus en caso de que haya fiebre y algún otro síntoma compatible (y son muchos, así que las posibilidades de tener que llamar rozan el 100% en caso de fiebre).

Llamo, compulsivamente, sin éxito, al centro de salud. Tras muchos intentos hay más suerte con el teléfono COVID. La respuesta es poco concluyente: puedes elegir contactar telefónicamente con urgencias si necesitas algún medicamento para la fiebre, o esperar la llamada de un sanitario. Elijo opción dos. Se ve que era la equivocada, porque a día de hoy aún no ha llamado nadie.

Trato de atajar a través de la aplicación de Salud Responde. Busco cita de pediatría: la primera es dentro de cinco días. La cojo por tener algo, aunque de aquí a entonces el niño puede haber superado la gripe, la COVID y el sarampión. Por curiosidad miro si mi médica tiene hueco antes: no hay cita en las próximas dos semanas.

Entre llamada y llamada -el centro de salud sigue comunicando- encuentro en la aplicación un cuestionario que permite declarar síntomas y dejar un teléfono para que te atiendan. Sigo sin noticias, pero me mandan un mensaje con el número de mi centro de salud, el mismo al que llevo horas llamando de forma obsesiva.

Encuentro en la aplicación un chat on line para dejar dudas. Pregunto cómo debo proceder con síntomas de fiebre. Salta una respuesta automática advirtiéndome de que si es una consulta urgente, debo llamar por teléfono a Salud Responde. Al rato recibo un mensaje con el número de mi centro de salud. Me río.

Pruebo mientras tanto en el teléfono de Salud Responde, más parecido a un libro de ‘Elige tu propia aventura’ que a un servicio médico. “¿Es usted personal sanitario? No. ¿Tiene fiebre? Sí. ¿Dolor de cabeza? Sí. ¿Dificultad respiratoria? No”. Estoy segura de que estoy eligiendo las respuestas que me llevan al final equivocado. “¿Tiene algún tipo de enfermedad crónica? No. ¿Desea una cita con su centro de salud el día 22? ¡No! Su cita ha quedado cancelada”. Mi aventura me deja peor de lo que había empezado.

El niño sigue con fiebre alta, y tras diez horas de intentos solo he logrado recibir un mensaje y hablar con una máquina. Estoy en un laberinto kafkiano y a mí también me duele ya la cabeza.

Cuando por fin me cogen el teléfono en el centro de salud, casi me da un vuelco al corazón. Me escuchan y al rato la pediatra de guardia me llama directamente para interesarse. Me pide que lleve al niño al centro de salud porque es necesario que lo vea, y pasada la revisión, solicita una prueba PCR porque así lo indica el protocolo. La cita más próxima me la pueden dar para dentro de 5 días en Chiclana. Hasta entonces, paciencia (más) y aislamiento.

Vuelvo a casa más tranquila pero con la sensación de que estamos muy lejos de atajar la pandemia. Hacen falta recursos, muchos. Estamos haciendo ‘apaños’ y tratando de sacar adelante la situación de forma chapucera, confiando en la buena voluntad de un personal que está ya hastiado de sostener el sistema.

Necesitamos trabajadores atendiendo teléfonos, centros de salud a pleno rendimiento y con personal reforzado, personal de limpieza, inversión para poder habilitar los espacios y no tener que dejar a los enfermos que van a consulta esperando en la calle, medios en los hospitales para que no sea necesario retrasar la atención del resto de pacientes, rastreadores con la formación adecuada, herramientas digitales que de verdad funcionen… De lo contrario, vamos directos al colapso del sistema sanitario, y no no harán falta para ello nuevas olas de coronavirus.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios