Les hago una confesión: me gusta ser mujer. Soy heterosexual y creo firmemente en la equidad, en el trabajo en equipo (con ellos), o sea, que no odio para nada al género masculino, pues tengo padre, hijo, un padre de mis hijos y buenos amigos. Pero me dan repeluco esos que confunden la hombría con ser orangutanes barbudos. Machos con pelambrera en el entendimiento.

Será por eso que algunos no asimilan el concepto de feminismo, y por más que se les haga un croquis escupen el improperio más socorrido: feminazi. Un balazo. El germen de todo. Llevan en la mano el cinturón que le reclama Marcos a Julia en el corto El orden de las cosas (2010). Ese rancio cinturón que heredan los que son muy "tíos". Ignorantes ansiosos de dominio y sumamente cobardes. Por eso se ven amenazados si se les rebate.

La lucha verdadera es mirar de frente al dolor, incluso haberlo vivido, y para eso hay que practicar la valentía. El machismo no es una enfermedad rara y está en la masa de nuestra sangre, en los cimientos, y por más saciedad semántica que genere el repetir tanto los tópicos, es un problema difícil de eliminar. El feminismo es el antídoto que nos hace mantenernos en guardia y dotar de recursos a nuestras hijas, alumnas, hermanas. Entrenadas para huir raudas de banderas rojas, del "te quiero más que a mi vida" a los dos días, o los primeros síntomas de ceguera y aislamiento. En guardia para prevenir, pues ya dentro de las arenas movedizas es contraproducente agitarse: acelera el hundimiento, después de la manipulación, la merma de la autoestima y la confusión, que siempre llega de esa persona ante la que desnudamos la existencia. Escribir un catálogo de horrores desde el origen, pues el maltratador que mata es porque ya agotó los recursos, un demonio poco eficiente. Créanme, la víctima ya estaba muerta mucho antes de dejar de respirar. Créanme, hay almas muertas, anuladas, sin identidad, que nos cruzamos por la calle constantemente. Un mal golpe pone en evidencia al que lo da. La destrucción del espíritu es imperceptible, aunque la oscuridad se presienta y la presientan todos. Aferrarse a lo que parece amor es el error más común. Y letal. Pero una persona rota, y he ahí la paradoja, no logra entender lo que es fácil para los demás.

Yo no quiero ser un hombre, me gusta ser mujer, y creo en la equidad, en los hombres inteligentes y buenos con claridad de pensamiento. Soy feminista, feminazi, no. Y me gusta reivindicar la alegría de mis faldas cortas, aunque haga frío, mucho frío. Pero el peor no es el de fuera, sino el que nos sigue helando piel adentro ante la certeza de que no hay horror que devaste más que la agresión que viene de quien más se ama, porque no entiende, no sabe, ni quiere entender, ni quiere saber que feminista sí, pero feminazi, no.

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