Análisis

Manolo Fossati

Famosos escépticos

De repente siente uno que por algo no terminaban de caerle bien: eso era, ese rasgo de elevada despreocupación por los demás, esa superioridad que a tantos les resultaba graciosa, esa supuesta rebeldía, no eran más que rasgos laterales del egoísmo central que marca su despreocupada vida narcisista

Es tan extraño, que uno piensa ya que nunca volveremos a la normalidad. Resulta increíble que algún día recordemos todo esto como un mal sueño de resultas del cual perdimos un año, en el mejor de los casos, de nuestra vida. En el peor, uno no tendrá nada que recordar, o tendrá que conformarse con recordar a los tantos que ya no están. Escucha uno a ciertos famosos que niegan la verdad de esta tragedia y lamentablemente confirma las sospechas que tenía sobre su consistencia. De repente siente uno que por algo no terminaban de caerle bien: eso era, ese rasgo de elevada despreocupación por los demás, esa superioridad que a tantos les resultaba graciosa, esa supuesta rebeldía, no eran más que rasgos laterales del egoísmo central que marca su despreocupada vida narcisista.

Existe una abismal distancia entre el optimista que siente que todo esto pasará algún día, y que esta tragedia, comparando, puede no ser la mayor que ha pasado la humanidad en toda su torturada vida, y el egoísta que piensa que la pandemia es una mentira producto de una conspiración contra él mismo y su comodidad. Como si hubiera un ejército de médicos y políticos compinchados en contra de su libertad, empeñados en amargar su feliz existencia de focos y cámaras, de fiestas y copas, de compañías que le bailan el agua.

Los demás, los que llevamos la normal existencia de afanes, amigos, luchas y derrotas a los que la vida nos aboca somos al parecer tan imbéciles que no somos capaces de ver que todo esto es un invento de algún malvado digno de las películas que ellos interpretan, y nos resignamos dóciles a los toques de queda, confinamientos, restricciones, peceerres, distanciamientos, enmascaramientos, lavados de manos, renuncias a bares, abandono de abrazos y besos que quieran decretar.

No nos hacen falta estos descreídos profetas sociales que no merecen estas líneas, como tampoco este desahogo de un humilde columnista dispuesto a seguir todas las recomendaciones contra la pandemia.

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