El fútbol es un deporte apasionante. Las pasiones llevan a sentimientos extremos. Una serie de buenos resultados llena de sueños e ilusiones a la afición, mientras que una mala racha genera frustraciones y aparecen las pesadillas con el descenso. Es algo inevitable, porque el fútbol es así. Estar en puestos de ascenso invita a soñar con jugar en Primera División, y situarse próximos al descenso trae el fantasma del regreso a la Segunda División B.

Con el sistema de Sociedades Anónimas Deportivas se añaden las intenciones de los propietarios. Un empresario al uso trataría de subir pronto al equipo para venderlo enseguida y obtener grandes beneficios sin importarle el futuro del club. En estos casos los sueños son las ganancias y las pesadillas, las pérdidas económicas.

No es el caso del Cádiz, que además tendría una venta complicada, y no por falta de compradores, que seguro que habría muchos, sino por el número de potenciales vendedores. La gestión y el éxito hasta el momento les corresponden a Locos por el Balón, pero podría ser que Sinergy reclamara que la venta de las acciones no se produjo de forma apropiada. Por otra parte, si las acciones no se hubieran vendido bien y la venta se anulase, ¿volvería a ser el dueño el anterior propietario, quien además podría vender otra vez el Cádiz? Eso sí que sería un giro inesperado de los acontecimientos.

A la espera de que esta situación de economía-ficción se resuelva, lo más importante es que al Cádiz le faltan veinte puntos para sumar cincuenta, lo que dejaría al club en una posición bastante probable de obtener la permanencia. Sin sueños ni pesadillas, a por los veinte puntos que faltan, y que para cuando se consigan ya tocará disfrutar.

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