Análisis

Juan CArlos Rodríguez

Exaltación de la lisa

Había toda una extraordinaria antología poética dedicada a "la lisa fulgurante de plata", como la llamaba Carlos Martel, escrita en las botas de la bodega Las Albinas durante esas celebraciones literarias, taurinas, salineras, bodegueras, chiclaneras al fin y al cabo, como fueron las reuniones del Pescao a la Teja -o "Tejas literarias"- que se inventaron Manolo Moreno y Pepe Virués en 1952.

"La lisa con sabor de luz y cántico/ leve como son leves en el aire las velas", recitó José María Pemán en 1959 en la bodega que ya se había rebautizado como La Teja. "¡El que come una lisa cruza todo el Atlántico/ y llega a un nuevo mundo con sus tres carabelas!/ ¡Oh pescado a la teja!:/ Alivio de pesares,/ sueño del paladar,/ gracia y consuelo". Versos que remataba: "¡Comerte en Las Albinas con vino de este suelo/ es comer luz y plata robada de los mares/ sobre tejas robadas del tejado del cielo".

Chiclana es estero y es pescao a la teja. Es la lisa. Esa lisa de noviembre: "Mirad cómo fulgura y centellea/ -temblor de plata, espasmo marinero-/ cuando desde el regazo del estero/ va y viene en el vaivén la marea", le cantaba el poeta palentino José María Fernández Nieto hace justamente cincuenta años. El soneto continuaba: "No hay en Chiclana un labio que no sea/ cuna para su sueño salinero/, ni júbilo ni gozo chiclanero/ que en el milagro de la sal no crea.// Vedla en la teja, esbelta como un grito/, propiciatoria como un labio, pura/ como el candor de un alma adolescente". Con este poema, titulado "Apuntes para un bodegón cordial", Fernández Nieto obtuvo el accésit del II Premio Literario Las Albinas en 1968.

Fue en 1951 cuando surgió casualmente esa "costumbre singular" de comerse una lisa "bajo el símbolo de una teja, que es urbanismo, construcción, progreso, dentro del singular escenario de una bodega donde el vino se ofrece con generosidad", como describió Carlos Martel en "Chiclana, entre el mito y la verdad", el libro del recordado Félix Arbolí. El propio Manolo Moreno lo narró en una brevísima "Pequeña historia del Pescado a la Teja" publicada en 1971 en un folleto que se regalaba "a sus clientes y amigos" veinte años después de esa milagrosa connivencia entre la teja y la lisa. "La dirección y personal de la bodega se reunía el día de Año Nuevo para tomar una copas y festejar a los numerosos Manueles, con que contaban, y cuentan, entre sus amigos y clientes -describe-. En la reunión de 1951, uno de los asistentes, decidió aportar una caja de espléndidas lisas, cuyos metálicos y postreros coletazos centelleando al grato sol del invierno, desafiaban en vano a unos hombres incapaces de entendérselas por falta de platos".

Del desafío llegó la sorprendente solución a lo que se preguntaba Fernández Nieto en sus versos de 1968. ¿En qué tejar divino, en qué capilla/ se arrodilló tu gracia salinera?/ ¿En qué celeste y mágica tejera/ dieron al barro sueño de vajilla?". Manolo Moreno siguió contando de aquel 1951 en la bodega Las Albinas ante la ausencia de platos: "Sin embargo, el ingenio meridional, con el tejar existente entonces en la casa, dispusieron bien pronto una solución oportuna. Perico Miñori, que asaba el pescado, dio con la clave al tornar las tejas en platos y que parecían estar hechas para este menester, al decir la frase que dio nombre a esta grata reunión: ¡Traigo el pescado a la teja!". Habría que decir entonces, como hace el poeta y sacerdote isleño Manuel Avezuela en el poema "Bendiciones" y sus elocuentes primeros versos: "Bendita sea la lisa:/ bendita la mano que la guisa./ Bendita sea el fuego en que se asó/ y el brazo que del agua la sacó./ Bendita sea la albina/ y el agua del estero y la sapina./ Bendita sea la teja,/ que es, mitad por mitad, plato y almeja".

Hasta hace 45 años -hasta 1973- duró aquella magnificación exaltación de la lisa, del estero, del vino, de la bodega, de la literatura y del toreo, de la amistad y de la vida, de Chiclana misma. El inmenso poeta que fue el portuense José Luis Tejada lo dejó escrito en una prosa luminosa: "Viene Chiclana a salto de caballo por su ajedrez de estero y viña, mitad arcángel con su ánfora de transparencia y música, mitad pastor con la inocente gracia de un aire popular. Abre el zurrón trasminador de juncia y de sapina y desde él salta a la copa el huso vivo de una ofrenda nunca tan lisa como su propio nombre: a la dichosa epifanía del vino niño, Chiclana aporta el beso, hondo y humilde, del sabor".

El de esa lisa de noviembre, ese "gozo suculento", que decía José María Fernández Nieto, que mana del estero como un manjar, como un tesoro gastronómico que es salinero y que es chiclanero. Lo sigue siendo. Como toda esa otra cohorte divina del despesque: doradas, lubinas, lenguados… Aunque la lisa de estero, con su veta dorada, con sus versos, con su historia y con su gastronomía, con su teja o su plato, sigue siendo un tesoro oculto, como el poema de Fernández Nieto: "Novia del paladar y el apetito/ que sabe a corazón, huele a ternura/ y nos deja un regusto a paz caliente".

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