Los estados llevan décadas gastando cantidades ingentes de dinero en armarse contra enemigos reales o inventados. Armas nucleares, misiles inteligentes, escudos antimisiles, satélites espías… Al final no han sido tanques, ni aviones, ni terroristas, ni misiles de lejanas potencias enemigas, ha sido una minúscula partícula, que ni siquiera merece el calificativo de ser vivo, la que ha puesto en jaque a toda la humanidad. El coronavirus nos ha invadido, y nos ha cogido desprevenidos. ¡Tantos inventos para detectar ataques enemigos, y un virus se nos ha colado por todos lados! Un virus compuesto por un fragmento de ARN recubierto de proteínas y lípidos, tan pequeño que en un milímetro caben 10.000, ha creado la alarma en todo el mundo. Contra él no valen ni muros ni concertinas.

La humanidad lleva toda su historia sufriendo epidemias, y aunque nuestra capacidad de respuesta ha cambiado sustancialmente, el miedo atávico al contagio se mantiene. La más famosa, la peste negra, arrasó Europa en el siglo XIV y acabó con un tercio de su población. De hecho, todos somos descendientes de los supervivientes de sucesivas epidemias de viruela, cólera, fiebre amarilla, gripe… 

Nuestra proverbial prepotencia nos hizo creer que con las vacunas y los antibióticos habíamos vencido definitivamente a las enfermedades infecciosas. Si bien es cierto que esos descubrimientos son los que más vidas humanas han salvado en la historia de la humanidad, la capacidad de los microorganismos patógenos para mutar, la liberación irresponsable al medio ambiente de numerosos agentes mutagénicos, y el abuso de los medicamentos que generan resistencia, están generando nuevos virus patógenos y peligrosas superbacterias.

Sin quitar gravedad a esta pandemia, no se entiende que ahora se asuma cualquier medida, incluso la paralización de la economía mundial y el confinamiento de millones de personas, y sin embargo no se actúe ante enfermedades que provocan cientos de miles de muertes todos los años. El que sean enfermedades que no afectan a la población de los avanzados países occidentales, puede que tenga mucho que ver con esa inacción.    

A lo mejor deberíamos destinar los ingentes presupuestos militares a investigación de enfermedades actuales y futuras. Estaríamos mucho más seguros.

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