Ayer, de camino a misa de 12 a San Francisco, me temí lo peor. Por Columela iba una familia con dos niños disfrazados. ¡No puede ser!, bramó mi alma con un grito desgarrador. Criaturitas con esos disfraces de catálogo, pobretones. Se veía a leguas que carecían de pespuntes, pasamanería y brocados. Todo muy chungo comprado por internet. Seguí hacia adelante y vi papelillos por el suelo. "Ya están aquí", me dije. Ensuciando el suelo de la ciudad a pesar de las recomendaciones administrativas y sanitarias pidiendo no celebrar el Carnaval. Qué se puede esperar de estos atorrantes, si al fin y al cabo no lo van a limpiar ellos. Entré en misa a paso ligero y recé por esta ciudad otrora pía y decente. Menos mal que cuando salí pude comprobar que esos disfraces y papelillos eran aguas de borrajas. Un mero ejercicio de gracia (sin gracia) gaditana evocando esa infame fiesta que gracias al chino que se comió el pangolín sin hervir (lo único bueno que provocó, está claro) no tenemos que sufrir este año. Cuando ya regresaba a casa después de comprarme una miloja de crema, mi cuerpo se paralizó. Por El Palillero iban dos ¿personas? disfrazadas (ave María Purísima) de penitentes sin capirote. Con un estandarte con el escudo del Cádiz (muy original) y una oración grabada como si fueran de Ecce Mater. ¿Será posible esta desfachatez? No podían quedarse en casa, no, tenían que hacer el indio. Me metí en casa asustada esperándome lo peor para este lunes. Qué oportunidad estamos perdiendo para poner bozales en lugar de mascarillas.

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