Análisis

francisco andrés gallardo

Empeliculados

Lo del coronavirus nos va a marcar a todos porque es lo más parecido a un estado de guerra real que hemos vivido hasta ahora. No son las mismas sensaciones de quienes huyen de las bombas, ni de nuestros abuelos cuando corrían bajo cubierto, pero sí sentimos la inquietud interna de no saber qué nos va a pasar. No se nos exigen realmente grandes sacrificios y sin embargo ha cundido por momentos la histeria. Nuestros mayores nos enseñaron a tener sentido común, que es lo que ha de prevalecer en esta batalla de fe ante un enemigo invisible.

La diferencia con épocas bélicas es que ahora estamos sobreinformados, hiperalimentados y extraentretenidos. Son cuarentenas de juguete. Y si hay que suspenderlo todo ya somos mayorcitos para asumirlo.

Las cadenas de televisión han pasado del amarillismo a la conmoción de una pandemia que no hemos terminado de tomar en serio hasta hace unos días. Las gradas vacías son la postal que quedará para los recuerdos ante una crisis nacional de la que realmente tenemos pocas imágenes. Los platós desangelados, como esos compañeros de Juan y Medio animando para que no se pierda la tierna cotidianidad que hemos perdido durante una temporada, son la muestra de una voluntariosa protección colectiva.

No se trata de asaltar supermercados ni las farmacias, ni de sobresaltar con máscaras sacadas del carnaval. Los días de sensacionalismo llevan a muchos a empelicularse en el Apocalipsis, como si estuviéramos en vísperas de The walking dead. Es cuestión de formalidad. A fin de cuentas a la generación EGB ya la 'adoctrinaban' en los 70 con un spot desaparecido pero del que se podría recordar su mensaje canturreado: "...si quieres veranos sanos, come con tiento y lava tus manos". Mensajes higiénicos de TVE que nunca debieron perderse.

Toca seguir instrucciones precisas y severas, que ya no nos habíamos acostumbrado. Toca seriedad. Y maratones de series y programas sin aplausos para entretenernos y no olvidarnos de esta responsabilidad común.

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