Si te invitan a ver un programa dedicado a los cuidados de los enfermos paliativos, a lo mejor tu primera reacción es la de ponerte en guardia. Demasiados problemas se nos presentan en la vida como para sentarnos delante de la pantalla a degustar bocados de una realidad tan cruda. Y sin embargo pocos espacios he encontrado en la televisión reciente tan luminosos como el reportaje firmado por Teresa Gray emitido en Crónicas, que durante 45 placenteros minutos nos sumerge en esta realidad incómoda.

Vivir hasta el final arroja luz en la oscuridad. Allana el camino. Alienta la esperanza. Muestra testimonios auténticos. Es un chute de vida ante la inminencia de la muerte. Una caricia para los sentidos. Sin caer en sentimentalismos baratos ni en manuales de autoayuda. Porque todo rezuma verdad en un reportaje donde no hay trampa ni cartón. Solamente pacientes, familiares y cuidadores comprometidos.

Sin duda que esta entrega de Crónicas debería ser de exhibición casi obligatoria en todo tipo de centros públicos. Comprendo, aunque cada vez menos, que los espectadores empleen la televisión solamente como un electrodoméstico que les proporciona entretenimiento rápido y superfluo. Pero no deberíamos consentir que productos tan cuidados como Vivir hasta el final pasen tan de puntilla por nuestras pantallas. Vale ya de tanta banalidad.

Lo bueno de programas como Crónicas es que mata dos pájaros de un tiro. A la vez que nos reconciliamos con el medio lo hacemos con la vida. Porque un programa así dignifica la televisión. Y de qué manera. Al tiempo que aporta una enorme motivación a seguir adelante. En un mundo cada vez más idiotizado, sí, es verdad, pero donde hay profesionales capaces de invitarnos a arrostrar, si lo deseamos, las aristas más sensibles de la existencia. Que las hay.

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