RUTAS El sendero que unirá San Fernando y Chiclana, a la espera de fecha de inauguración

Balas de plata

Elena Amaya

Un regidor debe poder pasear con la cabeza alta por las calles de su pueblo, al que se debe, y Elena lo hace, sin perderse una sola muestra de apoyo

Hace poco tuve la oportunidad de participar en un almuerzo con la alcaldesa de Puerto Real, Elena Amaya, con ocasión de una mesa redonda en la Escuela de Cine de la Universidad de Cádiz que se celebró en el Teatro Principal. A diferencia de otros ediles, Elena me pareció simpática y espontánea, llena de ideas, voluntades y ambición bien entendida, aparte de no tener demasiados pelos en la lengua. Me gusta la gente que va de cara (aunque se dedique a la política) y, sobre todo, la que ocupa cargo público sin que se le suba al coco la erótica del poder (recordemos aquello del "conocerás a Fernandito cuando le des un carguito"). Este no es el caso de Amaya, persona afable y cariñosa con todo el que se le acerca. Sí, vale. Dirán que para los alcaldes la vida es una campaña electoral diaria, pero la puertorrealeña no es ninguna estirada y su propia imprudencia la beneficia.

He pensado en ella tras ver a los representante sindicales de Airbus entrevistados en la televisión pública y he sonreído al recordar ese momento top de su carrera política que fue el corte a José María González, alcalde de Cádiz, en una manifestación en favor de los puestos de trabajo de la planta de Airbus en Puerto Real que se siguen rifando hoy en Bruselas. "Perdona, estoy aquí contigo", interrumpió Amaya a Kichi cuando éste criticaba que los alcaldes de la Bahía lo habían dejado allí solo. Vaya sobresalto se dio el gaditano. Luego contaría Teresa Rodríguez, por cierto, que Elena había llegado como un obús, empujándola, incluso, para coger sitio. Digo yo, ¿acaso no se trata de eso? Yunque y martillo.

Airbus pende de un hilo igual que Delphi fue a pique hace ahora catorce años, cumpleaños triste de aquella huelga general que segó la Bahía y sus carriles. CaixaBank comunica que va a desprenderse del veinte por ciento de sus trabajadores y Florentino Pérez anuncia a bombo y platillo la insolidaria creación de la Superpifia. El mundo es voluble con los que se mueven lento, implacable quizás. No creo, por tanto, que coja a Amaya con la guardia baja, sino atenta a lo que ocurre, defendiendo a su pueblo por encima de colores o instituciones como debería estar todo alcalde que se precie; como hacen Daniel Pérez en su clausurado Puerto Serrano, Manuel Fernando Macías, en Medina Sidonia, o José María Román, en Chiclana de la Frontera.

Contaba la alcaldesa en aquel opíparo almuerzo en el Brutus -mientras adornaba su charla con un simpático tic facial que suma más que resta- que había recibido una llamada "de Madrid", que es como si dijera Moncloa y sus sótanos, por alguna declaración que había hecho criticando algo que no debía. Qué más le da, en verdad. Un regidor debe poder pasear con la cabeza alta por las calles de su pueblo, al que se debe, y Elena lo hace, sin perderse una sola muestra de apoyo. Esperemos que se aclare el negro panorama que se cierne sobre la plantilla de Airbus, a la que mando todo mi ánimo. Y sin ser alcalde, además.

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