La detención del Jefe de la Policía Judicial de la Guardia Civil nos devuelve una imagen triste, pero real: el poder corruptor del dinero. Quien lo recibe muestra una indiferencia absoluta sobre el origen de las dádivas que engrosan sus bolsillos. Da igual que procedan de influencias políticas, del tráfico de armas, de la trata de blancas, de medicinas caducadas, del robo de órganos a menores inmigrantes o, en este caso, del tráfico de drogas.

La corrupción se instaló en nuestros lares hace años y parece que no va a abandonarnos por muchas promesas que nos hagan los voceros de turno, que se crecen en el discurso público y se relajan poniendo las manos en el ámbito privado. Hay excepciones de gente honesta, pues claro, solo faltaba que no las hubiera.

Que muchos hombres y mujeres de la guardia civil son personas honradas y hacen un gran servicio público, es evidente. Pero que un cargo tan importante -controlaba las diligencias ( información) de jueces y fiscales- caiga en las redes de los narcos, tiene que hacernos pensar y purificar los entornos en los que nos movemos. ¿Actuaba solo, a título personal, como parece, o hay más personas implicadas? ¿Están dispuestos a decir lo que saben sus compañeros, en caso de saber algo, o volveremos al silencio cómplice? Ojalá que todo se aclare por el bien de un Cuerpo al que aprecio sinceramente y con quienes he compartido situaciones muy duras.

Mientras tanto, muchas familias ven como sus hijos e hijas van camino de perderse en el laberinto del consumo de estupefacientes. La cocaína manda y la heroína ha vuelto con fuerzas. El Gobierno andaluz no sabemos qué está esperando para que reconozca esta tragedia social que se está llevando por delante, nuevamente, la paz y la salud de muchos jóvenes, y menos jóvenes, y de sus familias. Los partidos, en general, están más preocupados en controlar las instituciones democráticas, que en dar respuestas a los problemas de la ciudadanía. ¡Qué desastre!

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