Ni fuegos artificiales vais a tener este año. Empatados. Yo me quedo sin mi recogida del Nazareno, sin ver a la Sentencia por la plaza de las Canastas, pero ustedes os quedáis con la cara partida sin Domingo de Piñata. Con lo que le gusta a un corista una vueltecita con gafas de sol a las ocho de la tarde, doblemente ciego, atracón vitivinícola de los puretas del Caribe que intentan coger cacho a las pijitas borrachas que se apoyan en las bateas. Qué asco, qué desvergüenza. En lo que emplean sus mentes calenturientas en el Día del Señor. Si fuera yo la que estuviera en esa batea (Dios no lo permita) a más de una le tiraba encima un vaso de caldo de puchero ardiendo para que viera lo que es bueno. Niñatas, pelanduscas.

Pero bueno, el caso es que este año tampoco habrá despedida de esta fiesta de mentecatos y facinerosos, nadie podrá llorar abrazado a su amor de Carnaval, de esos chungos que se conocen en la carpa y no llegan a ningún lado. Si es que por un momento me dan hasta pena. Snifff... Un, dos, tres... ya, ya se me pasa. Que se fastidien y piensen que si pusieran toda la energía que les sale por la garganta en la búsqueda de un trabajo de verdad la vida les iría mucho mejor. Pero claro, los petimetres estos prefieren sentirse artistas, aunque no sepan ni ponerse un terno y vayan a actuar en chándal. Qué pena de ciudad. En fin amigos míos. Espero verlos en 2022, ya vacunada y dispuesta a seguir molestando a esta pandilla de maleantes.

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