E L año 2019 ha empezado, cuanto menos, con desconcierto. No sé si ha sido la llegada tardía y repentina del frío, o el acuerdo final para gobernar Andalucía, o las noticias disparatadas escuchadas estos días mientras un virus o una mala digestión me hacía vomitar durante horas, pero la verdad es que todavía no he cogido el rumbo del nuevo año. Mi ordenador, tras días de abandono, también decidió llamar la atención y optó por hacerse el loco con un extraño bloqueo que no me permitía trabajar sobre un texto de Word, pero me abría en cambio la ventana de comunicación con Cortana, ese inquietante asistente que se lanzó a hacerme preguntas y sugerencias de lo más extrañas: "La próxima vez que vaya al supermercado, avísame que compre huevos", "¿Cómo están las acciones del Santander?" Dice Cortana que quiere que le permita usar mi historial de búsqueda y mis patrones de voz, para ayudarme a estar al día y recordar "lo que es importante". Tras comprobar que las cadenas de televisión enloquecen ofreciendo dietas Detox y adelgazantes para eliminar los excesos navideños, he escuchado en la radio que "ocho de cada diez hombres sufrirá obesidad o sobrepeso en España en 2030". Y cuando trataba de no ser tan crítica con lo peligrosa que puede resultar la falta de información y formación entre la gente joven, me topé con que un nieto de Antoni Tàpies hablaba de su abuelo diciendo que "estaba el hombre con sus movidas, tirando pintura... Y era entretenido verle, siempre estaba en su mundo, en su pelota, y era guay". Pero creo que el asombro es bueno. El peligro está en acostumbrarse a oír cómo se manipula la realidad para quitarle importancia, cómo se le cambia el nombre a las mentiras para que, al llamarlas posverdad, parezcan otra cosa y se note menos la distorsión. "¿Sabes por qué disfrutas de un día en el zoológico? Porque los muros funcionan", ha dicho el hijo mayor de Donald Trump comparando así a los mexicanos con los animales. Después lo ha borrado de su cuenta de Instagram, y a otra cosa. Y así seguimos, habituándonos a los disparates. No es delirio surrealista producido por el virus, es una muestra del absurdo en el que nos estamos metiendo. Y da miedo.

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