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Análisis

Manolo Fossati

Confinados discriminados

Nos tenemos que conformar con asomarnos al balcón y oírlos a lo lejos, atisbar cómo bordean (en el buen sentido) el barrio

En mi casa no somos muchos. Sólo tres, que es número impar. Los impares siempre parecen menos, como si estuvieran incompletos. De hecho, les falta su par. Tampoco se consideran números redondos, si exceptuamos el cinco, que da lugar a bodas de plata, de oro, de platino… pero que últimamente ha quedado muy desacreditado desde que alguien inventó esa rima de tono obsceno e irresistible como un resorte. Y no, definitivamente tres no son multitud, puesto que hasta eso depende de los gustos. 

Confinados, en cambio, el tres parece un número ideal. Los componentes de la pareja tienen tiempo para ocuparse de sus cosas propias y de las compartidas con el otro, y si quiere salir de ellas, ahí está la tercera persona para poner la atención y quitarse importancia, actitud muy sana y poco practicada. 

En una casa como esta, amplia y bien equipada, adquiere toda su validez el viejo dicho de que el que se aburre es porque quiere, aunque sólo sea por el tiempo que hay que dedicar a mantenerla higiénicamente habitable. Pero si encima tienes que hacer comida, sentarte las tres veces marcadas a consumirla, descansar las horas debidas, leer el tiempo deseable y ver la tele las horas prudentes, el que se aburre, repito, es porque quiere. Y no menciono si hay niños en casa, porque no es mi caso. 

Pero siempre hay motivo para una queja, aunque sea menor: hace años que vivimos en el límite de San Fernando. Al final de la calle Luis de Ossio no hay nada, bueno sí, el inmenso solar de la antigua Fábrica de San Carlos, que es lo mismo que decir nada. Ya estamos acostumbrados a que las aceras se descuiden solas, y ni un triste operario municipal doble la esquina del Hospital para reponer las baldosas desde hace décadas… Pero, hombre, a lo que no hay derecho es a que en estos días ni siquiera la Policía Municipal ni los Bomberos nos alegren la tarde con sus sirenas y sus megáfonos de ánimo. Nos tenemos que conformar con asomarnos al balcón y oírlos a lo lejos, atisbar cómo bordean (en el buen sentido) el barrio, allí, a unos cientos de metros… Y nosotros alargando el cuello, esperando… desamparados en nuestra discriminación mínima. 

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