Yo soy, de entrada, poco desconfiada. No porque sea una ingenua y piense que hay que tener fe ciega en las personas, sino porque creo de verdad que esperar siempre lo peor de los otros no sirve de nada.Esta reflexión me viene a raíz de la caída del IBEX de hace unos días. La bolsa siempre me ha generado algunos recelos. Nos la presentan como un espejo de la situación económica y un termómetro fiable de lo que nos viene. Números y gráficos que cualquiera que no sea un bróker puede confundir con una verdad científica, y que a mí siempre me ha ha parecido uno de los ejemplos más evidentes de la teoría de la profecía autocumplida.

Cuando los mercados (ese ente abstracto tras el que en realidad existen personas con intereses concretos) intuyen, olfatean que les puede (a ellos) ir mal en el futuro, se desploman. Y lo contrario si presienten que vienen tiempos en los que saldrán ganando. Son decisiones basadas en corazonadas, no en datos, y en intereses particulares, que sin embargo arrastran consecuencias: caen los valores de las empresas, se genera desconfianza, se paraliza la actividad económica, se frenan las inversiones, no se genera empleo… con lo que al final, efectivamente, los mercados aciertan: ya advertimos de que iría mal.

Lo mismo ocurre con los niños. Si tratamos a un niño con desprecio, esperando de él solo la decepción o la desobediencia, nunca lograremos sacar nada bueno. ¿Para qué intentar entender las matemáticas si me han dicho que no valgo para los números, o entrenar si me han etiquetado de torpe? Es imposible avanzar con esta losa.

Más ejemplos. Todos los políticos son iguales: miran por sí mismos o su partido, roban, enchufan a familiares. Si pensamos así, solo nos queda darlo todo por perdido. Y así, sin nosotros vigilando, la política se llenará cada vez más de ejemplos de este tipo.

Confiar no es entregarse, es no bajar el listón de la exigencia bajo la excusa de que ya sé qué irá mal, o que me engañarán, o que no vale para esto. Es la única actitud responsable, lo único que nos salvará de la trampa de la profecía autocumplida.

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