Fue una velada de ensueño. El Concierto para una noche de verano ofrecido por la Filarmónica de Viena en los jardines del Palacio de Schönnbrunn fue lo más parecido a tener bula para entrar durante un par de horas en el paraíso. La realización, ya lo pueden imaginar, estuvo a la altura de la del célebre concierto de Año Nuevo. Con una fotografía de altísima definición y, al tratarse de un evento al aire libre, un primoroso catálogo de planos a cuál más espectacular. ¿Recuerdan esas grabaciones modélicas que emiten los televisores de las grandes superficies para mostrarnos el grado de perfección a que han llegado? Pues ese fue el nivel.

Porque si importante era la música, con obras de Berstein, Strauss, Steiner, Sousa, Barber, Ziehrer y Copland, no lo fue menos el entorno. Integrando en primeros planos al público que seguía el evento a dos kilómetros a la redonda. Rostros de enamorados, dedos que se entrelazaban, sonrisas de anuncio, junto a fuentes, jardines, antorchas, flores, detalles arquitectónicos, y todo ello a la caída de la tarde, con toda la gama cromática que va del día a la noche.

En lo musical destacó la Rapsodia en blue de Gershwin, con Yuja Wang al piano. Pura magia dentro del ensueño. El director, Gustavo Dudamel, una vez concluidos los ensayos, podría haberse ausentado. Yo creo que la orquesta habría sonado igual sin batuta, como lo hizo cuando el venezolano la abandonó en el Adagio de Samuel Barber.

Se emitió por gentileza de Los conciertos de la 2 a las 8 de la mañana, siendo visto por 55.000 espectadores. No saben el resto lo que se perdieron. Que hay vida más allá del Concierto del 1 de enero.

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