Análisis

Paco carrillo

Comentando la actualidad

Le prometí a mi amiga la condesa que la acompañaría con una sola condición, que si la boda se celebraba en el Castillo de Windsor, sintiéndolo mucho, declinaba el honor. Cuando se confirmó el lugar no tuve ni que disculparme; ella, en el fondo, estaba de acuerdo conmigo; tenía, digamos, la misma aprehensión que la prima Lilibeth, a la vista ha estado que tampoco invitó a ninguna de las Casas Reales europeas, circunstancia que le ha venido de perlas a nuestra Letizia I, que ya tenía preparada la disculpa -por razones de su agenda- con tal de no cruzarse con Marie Chantal Miller, la prima que tanto critica a nuestra amada consorte sin razón alguna.

Aunque me consta que a usted todo esto le importa un ca…nuto, se han contabilizado 150 millones de desocupados ante los televisores, según dicen las malas lenguas, lo cual no quita para que servidor explique el porqué de nuestra ausencia: el Castillo de Windsor es demasiado triste, demasiado sombrío para enmarcar el profundo amor que se profesan Meghan Markle y el príncipe Harry y, sin pecar de gafe, un escenario así, donde también se casaron Carlos y Camilla, no presagia ni garantiza ni felicidad ni fidelidad eterna. Claro que la Catedral de San Pablo de Londres tampoco fue garantía para Carlos y Diana y así salió la cosa; pero quizás Buckingham Palace… Mi amiga la condesa hubiera preferido el Castillo de Balmoral por razón de vecindad, no en vano allí pasa ella unas semanas cuando no está en su residencia del Lago de Garda. De cualquier forma, por fin la real pareja han degustado el menú nupcial porque los postres ya se los habían comido antes.

Lo que sí se comenta como muy chunga es la jugarreta que la abuela -que, por cierto, fue vestida de cogollo de lechuga de Tudela-, les ha hecho a los recién casados: los ha mandado a vivir en Nottingham Cottage, uno de los espacios más modestos del histórico Kensington Palace, un patio de vecinos donde viven hasta 15 royals, entre los que se encuentran los Duques de Cambridge; todos parientes, sí, pero incapaces de prestarse entre ellos ni una matita de perejil.

Quiero decir que, comparando, mejor parados han salido Irene&Pablo, no porque tengan asegurado el perejil de los vecinos, sino porque aquí se demuestra la laxitud del progresismo populista: una cosa es ser príncipes a secas y otra ser elevados a la dignidad de zares aunque sea por los camaradas proletarios y los mujiks que, traducido, son las masas obreras y campesinas de toda la vida.

Si no hubiera sido por la coincidencia de los acontecimientos ni habría reparado en ellos y, ya puestos a comentar la actualidad debiera referirme, aunque muy de pasada, al último pedo catalán. único lenguaje que emplean los independentistas en sus variadas modalidades: sonoros, silentes, apestosos todos por culpa del buen conformar de Rajoy y de los que se ponen de perfil esperando la gran cosecha sin haber sembrado nada.

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