En esta época de calores sobrevenidos y cambios climáticos latentes a pesar de que algún que otro imbécil niegue la mayor, le vienen a uno a la memoria épocas pasadas muy vividas, y que de alguna manera son consecuencia de la que ahora gozamos o padecemos en función de nuestra mirada más crítica o más pasota sobre la ciudad en la que hemos nacido algunos, y que a otros por distintas circunstancias les ha tocado echar raíces por obligación o por pura seducción del entorno.

Y claro la memoria fotográfica de nuestra adolescencia –al menos de la mía- me lleva hasta una playa virgen de nuestra costa que junto con Valdelagrana y la Punta de los Saboneses nos permitía vivir y disfrutar de la naturaleza sin complejos, sin cortapisas y sin esos miedos que en ocasiones son tan necesarios para evitar desgracias irreparables.

Hablar hoy día de la ‘Playa de la Colorá’ para algunos es hablar de belleza salvaje, de aventuras inimaginables a través de pinos, retamas y árboles frutales que te incitaban a llenar tus hatillos para echar el día; es hablar de esperar la bajamar para recorrer la costa entre corrales de pesquerías y acantilados y llegar con tu pareja o tu pandilla al edén que el pueblo llano se podía permitir. El otro estaba más adelante, lejano, inaccesible, con valla incluida.

Y llegó la especulación. Año 1984. Con el eslogan 'Un puerto deportivo para todos', en el que se hacía hincapié en el hecho de que su “rentabilidad económica estaba basada fundamentalmente en la socialización del deporte, mediante la cual, por un precio módico, todos tendrían posibilidad de disfrutar de las instalaciones”, se ‘engañó’ a propios y extraños; se perdieron ochocientos metros de costa; se construyó una carretera de acceso atravesando un pinar de alto valor ecológico, y después de 35 años el bodrio sigue aún sin consumarse. De los más de mil puestos de trabajo prometidos mejor ni hablar. Cabe resaltar la frase que quedó plasmada como epitafio en la lápida del hipogeo de 'La Colorá': “Puerto Sherry se hace aunque a mí me cueste el sillón de la alcaldía”. Y así ocurrió.

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