El gen totalitario y de partido único -que es lo que les gustaría a sus dirigentes, que en el fondo lo fundaron para eso- le aflora a Vox en su pasión, entre otras, por las listas, en su paranoia por conocer la identidad de los que está convencido que le son desafectos. Como, por ejemplo, los trabajadores de las unidades de valoración de las víctimas de violencia de género. Esa querencia por contar con una alineación de quienes tiene por adversarios o simplemente opositores sintoniza a Vox -mal que le pese- con su muy odiado Partido Comunista -así, en general, sin gentilicio-, que una vez instalado en el poder, como hizo en los países a los que aisló al este del Muro de Berlín, construyó listas y más listas de sospechosos. Ha habido muchas más. Así, por recordar, está la del macartismo contra los progresistas de Hollywood, y ya mucho más duras y salvajes y sanguinarias aquellas de los falangistas y de las checas en años aciagos en nuestro país y, por citar algunas más, están las de la Stasi y las de Castro y las de Pinochet y las de Videla, y así listas y más listas con la ayuda de chivatos.

Todos sabemos para qué sirven las listas. Lo sabemos desde los cada vez más lejanos días de pantalón corto, cuando obligado a ausentarse del aula el profesor encomendaba al seboso de turno a subir a la tarima y a apuntar en la pizarra los nombres de los que se portaran mal o simplemente hablaran. Entonces, engreído, a pesar de haber sido ungido de forma tan mísera, el acusica se sentía poderoso, aunque su innata cobardía de chivato le impidiera evitar el tembleque cada vez que anotaba un apellido en el encerado. Era nuestra experiencia más temprana con un delator, figura de gran raigambre en España. Tal vez por eso un hombre me dijo una vez: "Hijo, lo peor que se puede ser en esta vida es un chivato". Es peor que ser un verdugo, éste no tiene trabajo sin el otro.

Si tanto celo expresa Vox, desde su delirio conspiranoico según el cual estamos dominados por un dictadura de dominatrices, en conocer al detalle quién es quién, ya podía extenderlo a esa caterva de secuaces que desde sus madrigueras de internet y camuflados con ridículos y sonrojantes pseudónimos vierten toda la bilis que les viene en gana contra todo aquel que critica a sus admirados Abascal, Ortega y compañía. Pero -ay, se nos dirá entonces- esa lista es de Españoles Auténticos. Así, con mayúsculas. Y hay que preservarla a toda costa. No vaya a ser que se delate a algún chivato.

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