Ifema hurta al público que visita Arco -supongo que algo entendido y un punto apasionado- su derecho a decir "esto es soberbio" o "menuda mierda". Le roba sensaciones, tanto si son de éxtasis como de asco. Lo hace al ordenar el desmantelamiento de una obra de Santiago Sierra en el stand de la galería Helga de Alvear, Presos políticos en la España contemporánea, una serie de 24 retratos borrosos entre los que están el de Oriol Junqueras y los de los llamados Jordis. Sierra es madrileño y la galería es de Madrid, que conste. La retirada de ese collage es censura pura y dura en la España del siglo XXI. Lo de "contemporánea" se lo dejo al título, que hay días en que esto huele a Medievo. (Ifema rectificó ayer, pidió disculpas y deja la decisión de reponer la obra en manos de la galerista.)

Sierra tira de provocación. Quiere perturbar. Que lo consiga ya es otra cosa. Pero si se descuelga su obra se le priva de su libertad no ya de hacerlo, sino hasta de intentarlo, posibilidad que le ofrece Helga de Alvear, que arriesga con su apuesta: el resultado puede ser el interés o la indiferencia del público, su aceptación o su rechazo, el aplauso o el abucheo, el gusto o la náusea. Todas esas reacciones desaparecen al quitar de en medio una obra, no sólo esta. En este caso no se ha hecho apelando a criterios de calidad artística, sino porque la polémica provocada por su exhibición "perjudica la visibilidad del conjunto de los contenidos" (???) e Ifema con su retirada "trata de alejar los discursos que desvían la atención del conjunto de la feria" (más ???). Hay líderes de partidos de implantación estatal y con nutrida representación parlamentaria que sostienen que en España hay personas encarceladas por sus ideas políticas, y aunque la realidad demuestra que mienten, pues no es por eso por lo que están entre rejas, no se les impide manifestarlo cuantas veces quieran. Entonces, ¿por qué no puede hacerlo Sierra con sus retratos?

Negar que en España se hostiga a quienes se desmarcan de la historia oficial, el pensamiento único y la corrección política mientras se cercena la exposición y difusión de sus ideas y opiniones -por muy estrafalarias, escabrosas, espeluznantes o escatológicas que sean para algunos, incluso para muchos- es de un fariseísmo y una hipocresía que convierte a Anás y Caifás en unos gamberretes traviesos.

Nota: En esta España del siglo XXI se secuestran libros por orden judicial, como Fariña, para preservar el derecho al honor. ¿Qué honor? No se puede preservar algo que muchos ni tienen ni conocen. En este país se llama honorable a cualquiera.

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