De esa manera estamos hechos, mitad indiferencia mitad ruindad". (Ensayo sobre la ceguera, José Saramago).

Duelen los barrotes invisibles como nunca antes. Se empiezan a necrosar las alas. Antes de que se parara el tiempo ya quería romper el mal sueño y desplegar las ganas perdidas. Y lo tenía todo pensado: volar. Sabía que era capaz de proyectar su sombra sobre el mar. Sabía de su talento. Estaría viva de nuevo después de los errores, más allá de los hijos. Pero ahora él vela su sueño y la persigue por la casa, metro a metro, unos sesenta aproximadamente. Le oprime la vida con la crudeza de quien aprovecha las horas de aislamiento sordo para hacerse fuerte. Y ya se empieza a diluir la voz del mundo que ya no la abraza, porque el mundo ya no abraza a nadie. Se derrumba su interior. Y lleva las manos llenas de humo, los ojos en ruinas y en la cama, en bucle, la espera el más peligroso de los extraños con la boca anegada de promesas. Falta el aire y es real. Este dolor no es nuevo, aunque sí más fuerte. La rompe y esparce sus trozos frágiles ahora que no hay nadie en la calle. Pero detrás de las ventanas sigue la vida de los otros, a salvo del contagio, paralizados por la ceguera, la única pandemia letal. Los barrotes invisibles dejan marcas en la piel, en lugares estratégicos para no levantar sospechas. Los labios cosidos, las manos atadas. La identidad en cuarentena desde siempre.

Podría ser este relato una descripción de la asfixia que sufren las personas para las que el encierro impuesto es una tortura atroz de la que se habla muy poco. Los que mandan están centrados en salvaguardar secretos, en manipular cifras, en mantenernos a oscuras y bajo control. Toda una playa para el agresor que percibe en el caos su impunidad. Hay un repunte real en la violencia de género, y hablan las estadísticas, pero nadie parece alarmarse sabiendo que han subido más del 20% las llamadas al 016 y que muchos gritos de socorro están siendo sofocados en las farmacias, por ejemplo.

Lo cierto es que estamos viviendo un complicadísimo momento histórico, a todos los niveles, y no somos aún capaces de gestionar ni soñar cuáles serán las consecuencias. Tampoco sabemos cómo afectará a los cimientos de la sociedad, cómo se verá afectada su estructura. Y no tenemos guía ni por supuesto mesías predicando en las esquinas. Nos resistimos a reconocer que estamos a la deriva y que llevamos años perdidos, solo que ahora es mucho más palpable la falta de solidaridad, aunque hagan ruido feliz los pequeños gestos plausibles que sí que se agradecen. Y es que la falta de oxígeno no solo es un síntoma del virus. Hace mucho ya que no podemos respirar, o quizás se nos olvidó en que consiste eso del aire compartido. Se nos impone la distancia social, pero llevamos demasiado tiempo acostumbrados a vivir muy lejos los unos de los otros.

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