Análisis

Guillermo Alonso Del Real

Carnavales

No sé qué opinarán los puristas carnavaleros, que suelen proclamar que el auténtico carnaval es el de la calle y que eso del Falla no deja de ser una especie de corruptela mercantilizada y opiniones adversas por el estilo. Sus razones tendrán.

Personalmente confieso que entre los rituales domésticos que toda familia practica, nosotros hemos acabado incluyendo un rato de carnaval televisivo. Sí, sí, incluso en esta fase preliminar. Se sienta uno en el sofá con paciencia y dedica su atención a las actuaciones hasta que el sueño le vence, porque esto resulta larguísimo y hay que echarle mucha afición para aguantar hasta el final.

La fascinación por el carnaval de Cádiz me atrapó desde mi llegada a esta tierra procedente de la lejana Navarra, allá por el año setenta y cinco del pasado siglo. Incluso acabé participando activamente en el carnaval chiclanero a título de autor o poeta, lo que manifiesta una audacia o una cara dura de mucho cuidado, porque he de reconocer que me faltaban los más elementales criterios para realizar semejante tarea. Los parámetros literarios del carnaval son extraordinariamente complejos y no es sencillo para un foráneo bienintencionado dar con ellos a la primera, así que se hizo lo que se pudo. De hecho es difícil que una de las numerosas agrupaciones que vienen de fuera dé en la tecla, por mucha pasión e interés que ponga en el intento. Sólo la benévola apertura de este pueblo es capaz de aceptar de muy buen grado tal participación. Si algo tiene Cádiz de maravilloso es su capacidad de admitir al que viene de fuera con una hospitalidad inconmensurable. Ello no excluye un escéptico y hasta simpático "chauvinismo". Ojalá todos los "chauvinismos" nacionales e internacionales poseyeran este grado de elegante escepticismo.

El caso es que me vi inmerso de golpe y porrazo en el mundillo de la comparsa merced al amistoso empujón de mi amigo Andrés Ruiz Piñero, director de los inolvidables "Perros Callejeros". Ensayábamos en una obra a medio construir, sentados, cuando tocaba, en tablones sobre ladrillos y Andrés se esmeraba en hacer aprender las coplas a los que no sabían leer, o lo hacían penosamente. Los ensayos eran sensacionales, pero las pausas para charlar o para tomar un trago de vino (rigurosamente reglamentados éstos por el gran Andrés) resultaban interesantísimas. Los colegas se sabían todo un repertorio histórico de coplas, que entonaban entre charla y charla. Aquellos hombres amaban y vivían su carnaval con una intensidad que rara vez he encontrado en otro género de artistas, porque eran artistas de pies a cabezas, aunque a lo mejor no lo supieran. También en la pequeña vanidad o ambición, el deseo de "dar el pelotazo" en el Falla. Uno de los rasgos ingenuamente atractivos de este mundo es la aspiración de toda persona a disfrutar un momento de gloria. Siempre he pensado que éste sí que es un derecho fundamental, que debería aparecer reflejado en todas las declaraciones.

Todavía me encuentro por las calles de Chiclana a alguno de los "Perros" y siempre son coincidencias cordiales y entrañables, con la de años que nos han pasado por encima.

Luego vino el contacto con el otro carnaval, el callejero, lo que ahora llaman en broma "agrupaciones ilegales". Coincidí con la chirigota del gran Pepe Moreno, en la que cantaban amigos como Casitas, Willy y, cómo no, Manolo Piñero. Es que en Chiclana casi todo pasaba por Manolo. ¿Carnaval?: Manolo. ¿Flamenco?: Manolo. ¿Fútbol?: Manolo. ¿Feria?: Manolito Piñero, don Manuel Piñero de Lema. Y no digo más.

Yo creo que nunca me he reído tanto como en aquellos ensayos en la peña "Perico Alcántara" y sus peculiares modos de trabajo; todo un estilo. "Los espantapájaros del C. de…"; Los arruinados de Roma"… Y muchas más.

Me he limitado a vivencias personales, porque no me siento capacitado para sumergirme en mayores profundidades. Hay muchísimos "carnavalólogos" y perdonen por el palabro. Algunos de ellos se saben todos los entresijos del carnaval gaditano, que me son del todo ajenos, porque menuda madeja, con sus polémicas en intrigas incluidas, que todos los años las hay. Pero eso es ya para expertos en la materia y muchos de ellos resultan pesadísimos, pero lo disfrutan una barbaridad, así que duro con ello.

Los "picados" del carnaval siguen llenándome de asombro. Por ejemplo, un amigo jerezano que se viene noche tras noche a Cádiz para ensayar con su comparsa. Por ejemplo, y tornando a Chiclana, nuestro Antonio Alemania, que ahí sigue pie al cañón año tras año. Gracias a él conocí a Don Enrique Villegas, de quien guardo también un gratísimo recuerdo.

Pues nada, que disfruten ustedes de los carnavales, porque no hay un "Carnaval", sino una enorme variedad de ellos, dependiendo de la perspectiva de cada uno de nosotros.

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