Cárceles de oro y Netflix

Cántame tus risas la semana que viene, o la otra, cuando nadie salga de su umbral, cuando caigan los nuestros y no los suyos, cuando el miedo no sea sólo un enemigo invisible que dicen que anida por Madrid

La lluvia tormentosa trae la tristeza a nuestras cárceles de oro y Netflix. Miramos cómo se moja nuestra vida antigua con ojos que aparentan falsa seguridad. Mientras, un inconsciente contagia a un imprudente y tú recuerdas que no hay ropa húmeda que tender. ¿Para qué? Te esfuerzas en imponerte esa rutina que tanto odiabas no hace mucho para evitar la imposición de la extremaunción mental. Opositas para rata en la noria, preparándote para unos juegos olímpicos que ya no germinarán el verano y lo retransmites al mundo entero con tu carísimo móvil, maquillada y estupenda, depilado y sexy. Te sientes solo aunque vivas acompañado. Compartes tu vida en directo y repartes amor y memes por el mundo 5G, lees en unos días más que en los meses anteriores (algunos, que en años). Te presentas al cargo de cuñado. Puede ser que esta vez lo ganes.

Presentadores llorosos que se llaman Vicente intentan ser profesionales mientras otros a los que llaman Lorenzo dejaron de serlo hace quincenas. Vendieron su alma al capital, a la tranquilidad dominical, y desde ahora a la eternidad. El periodismo auténtico es incompatible con el abrigo de una paguita político-sindical. Como la buena literatura, nace del hambre y rumia las entrañas, no es deudor de la ideología. Me pregunto qué sentirán algunos cuando se miren en el espejo cada noche. Nada que no arregle una buena raya.

El encierro comienza bien, a gusto de todos. Las despensas repletas de naderías, las consolas con batería y la televisión engolosinándonos con purpurina y pistachos, regándonos con rojo caldo caliente. Pronto llegará nuestra hora. Pero, mientras tanto, tienes tiempo para ti, para bucear sin arpón en los recónditos armarios de tu casa, para tocar la trompeta a esos odiosos vecinos que sestean, para escribir la gran novela española que a pocos les importa, menos leerán y nadie premiará. Hay quien dice que teletrabaja mientras come porno y ve palomitas en el cinema de su salón. Otros enferman, muchos mueren. Pero en el norte, ¿eh? Siempre el norte. Cuando el pico de contagios les llegue empezaremos con el festival en el sur. Mientras, a la calle, a fumar, a comprar el mismo pan duro cada día, a pasear al perro piloto. Todos ordenados y en fila, sin mascarillas, como putos abogados de oficio.

La gente te indigna. Pero es tu gente. Te emocionas pensando en Pepa Miranda. La Pepa es sanitaria —siempre— y jubilada. Está ya en la reserva, dispuesta y preparada para dejar a su hija y a su nieta en casa y apuntarse al zafarrancho de combate de los hospitales. Esa gallardía, esa valentía de Pepa y de Raquel y de Expi y de Luis y de María y de tantos sanitarios amigos que ven el caos en la batalla y se internan en su vientre sin armas ni misal me conmueve, como toda heroicidad. Explotan lágrimas, sí. Y si no es que tienes algo desconectado en la chirimoya, la conexión te falla, devienes en error 504. Quizá seas Jesús Candel y no lo sepas. Puede que Fernando Simón.

Y aunque estás triste, vuelves a reírte de todo. El meme es gracioso, la gente es maravillosa. Cántame tus risas la semana que viene, o la otra, cuando nadie salga de su umbral, cuando caigan los nuestros y no los suyos, cuando el miedo no sea sólo un enemigo invisible que dicen que anida por Madrid. Cuando lo sufras cada noche en los ojos de tus hijos al mandarlos a la cama por tercera vez.

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