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Análisis

rogelio rodríguez

En el Callejón del Gato

España es ciclotímica: o estalla en revoluciones aleatorias o bien actúa como el 'oso del agua'

La gran política caducó como los yogures ocultos al fondo del frigorífico. Sin apenas darnos cuenta. O sí, pero la cosa marchaba, y no se dio valor a la irrupción de un atajo de dirigentes con reducida testa y orondo ombligo que hicieron de la política un esperpento, aproximado remedo de la España de los años 20, que Valle Inclán viera reflejada en los espejos cóncavos y convexos del madrileño Callejón del Gato. Un aciago devenir que alcanzó su clímax en el fraudulento y único debate que los líderes de los cinco principales partidos celebraron el pasado lunes. Un dechado de impericia y demagogia. A lo que siguió la valoración de esa ciudadanía que engorda con los desperdicios y es tan activa en las redes sociales. En unas horas se votará en desbandada. Todos contra todos. Con ceguera o con equívoco. Ya casi todo es equívoco. Dicen que hasta Darwin pudo haberse equivocado al sostener que la vida surgió en pequeñas charcas tibias de poco fondo.

Hay editorialistas y analistas de rango que mantienen que los ciudadanos no aguantarán otro bloqueo y piden cerrar filas con el Estado, con los tribunales y con el Ejecutivo. ¿De qué Ejecutivo hablan? España es ciclotímica: lo mismo estalla en revoluciones aleatorias que actúa como el oso del agua, un animal microscópico que resistió treinta años congelado en el Polo Sur. La ocupación musulmana duró 800 años y 40 la dictadura franquista, pero en cuatro llevamos otras tantas elecciones generales en balde. Los sondeos, que son sangre caliente, predicen que se repetirá la obstrucción. Consuela sopesar que la demoscopia siempre manipula y oculta la sorpresa, que el 30% del electorado que ayer aún estaba indeciso optará por los que menos dañan los sentidos. Difícil derivada, no obstante, en un plató de pánico y desconfianza, en el que nadie se fía de nadie.

El objetivo electoral se ha distorsionado: más que a ganar, lo que las distintas fuerzas ambicionan es que el día 11 rueden las cabezas de los contrarios. Pero de ese árbol caerán pocas brevas. ¿La del Albert Rivera? Esa apuesta abunda en las quinielas, y acopio de negligencias, ambiciones desmedidas y chabacanerías ha hecho el otrora prometedor candidato naranja para que buena parte del electorado lo mande a galeras, pero Ciudadanos, ideológicamente, encarna una opción liberal saludable y reversible para lograr equilibrios con la izquierda y la derecha moderadas, abierta a reformas a la vez que leal a la Constitución. Su presunto descalabro quebraría muchos deseos e intereses, no solo los del intrincado Íbex 35.

Si las urnas desplazan a Ciudadanos a la marginalidad y se cumplen los otros pronósticos, los binomios posibles agudizan los malos augurios. A un lado, Pedro Sánchez, el inaudito e inconmensurable jefe del cuento, del mambo y de la Fiscalía, junto al sablista Pablo Iglesias y los grupos separatistas; y, al otro, el todavía contrito PP de Pablo Casado, sujeto al populismo simplista y extremo de Santiago Abascal. Es lo que hay y lo que decía al principio.

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