Análisis

José Fernando Gabardón de la Banda

Profesor del CEU de Sevilla

Cádiz y Galdós

Aquella noche había descubierto al genio de la literatura que me iba a acompañar toda mi vida

Hacía más de seis meses que no había vuelto a mi segunda patria, la ciudad de Cádiz, la ensoñación de mi propia alma, el reencuentro de mi identidad, que desde niño evoco en mi interior como un personal álbum de recuerdos, compuesta de algunas imágenes ya nítidas por el tiempo, pero que resurgen en cada atardecer que contemplo, sentado en los montículos de arenas, testigo de innumerables visiones de vida pasada y miles de proyectos frustrados para un futuro que nunca llegó. La lectura de innumerables libros ha ocupado en incontables ocasiones la admiración que me produce el efecto cromático de la caída de la tarde, a modo de aquel paraíso perdido de Milton, en la que el milagro de la naturaleza se reencuentra con lo humano, como proyección de la huella divina que cada tarde se vislumbra en los episodios de la realidad humana. Aquella arena de la playa, renovada en tantas ocasiones por las corrientes marinas, pero que en sí misma son eternas, testigo de la esencia de la construcción de una ciudad milenaria, se convirtieron en el escenario de tantas citas con mi propia vida. Montículos de esperanzas, que en muchas ocasiones se desmoronaban, al no concebirla en la realidad, que se deshacían en las manos, pero que al día siguiente volvían a resurgir, como un ave fénix de mi interior. Aquellas dudas agustinianas, en la que fue despertando en aquella orilla del mar el sentir de mi existencia, la complejidad del tiempo, sin que nadie, ni siquiera aquel ángel que se le apareció al santo de Hipona, me resolviera el camino de la existencia. Tardes crepusculares en las que el Sol se ocultaba entre las nubes, y en un incipiente acto resaltaba sus últimos rayos, que me hacían levantar la vista de la lectura de aquellos libros, que ensimismado me hacía perder el concepto de la propia realidad. Aquellas luces insípidas que traslucían a modo de vidrieras las páginas humedecidas, con las tintas diluidas en el seno de las hojas de papel desojadas que se quedaban pegadas a las manos. Quizás las letras de aquellos libros eran el reflejo del alfabeto de luces y colores que la Naturaleza había impregnado

Antes de bajar a la playa, todos los días realizaba el mismo trayecto, buscaba en el escaparate de aquella vieja librería, los tesoros guardados que esperaban que algún día fueran admirados por algún intrépido lector, en este caso, un niño que todavía no había conocido la melodía de la vida. Aquel día de agosto recuerdo que descubrí una ilustración antigua de aquella batalla naval en que los españoles nos empeñamos en defender nuestra propia identidad como pueblo, y que tantas veces había escuchado en charlas interminables en el hogar de mi abuela Amparo. Mis ojos de adolescente recorrieron con gran asombro la escenografía encubierta que aquella dueña de la librería había preparado a modo de un altar bélico, una verdadera evocación homérica de una Iliada española. Me marché pensativo, por no decir cabizbajo, por no conocer en profundidad qué ocurrió en aquellos días, cerca de aquella playa de los atardeceres crepusculares de la ciudad más antigua de Occidente. Y fue aquella tarde, de esas que nunca se pierden en los umbrales de la vida, de las que quedan grabadas en tu conciencia de existir, cuando recibí uno de los regalos más emocionante que hoy todavía emocionado, no puedo con soltura relatar.

Nunca supe como aquella señora se dio cuenta de la admiración que sentí, traslúcida en el escaparate de esa tienda, con esos ojos de asombro que siempre han proyectado mi interior sin poder guardar ningún secreto. Y en esa playa, en la luz crepuscular de la tarde, abrí aquel paquete que con tanto empeño quise descubrir. Se trataba de una novela, uno de esos relatos que no queda desapercibido en tu propia conciencia. Miro con admiración aquella portada, una reproducción de aquella ilustración que con tanta vitalidad había visto desde aquel escaparate de la tienda. Se trataba ni más ni menos de la famosa novela que Benito Pérez Galdós recreó sobre la batalla de Trafalgar, verdadero inicio de su serie de los Episodios Nacionales, probablemente el fresco histórico más conseguido de la narrativa española contemporánea. Durante horas devoré aquellas páginas en la que me hicieron soñar en mi mente aquel mundo, hoy perdido, que dio paso al mundo que hoy conocemos. Aquella señora me llevó aquella noche a contemplar el barrio que Galdós evocó en el fragmento de su relato, y me vi protagonista, como gaditano adoptivo, de aquel Gabriel y recordé sus fragmentos: "Yo nací en Cádiz, y en el famoso barrio de la Viña, que no es hoy, ni menos era entonces, academia de buenas costumbres". Y en la evocación de sus textos me vi reflejado dos siglos después en mi propia infancia, al referirse como "los chicos hacíamos también nuestras escuadras, con pequeñas naves, rudamente talladas, a que poníamos velas de papel o trapo, marinándolas con mucha decisión y seriedad en cualquier charco de Puntales o la Caleta", las mismas naves que había visto en aquella tiendecilla al lado de la playa.

Aquella noche mágica soñé, sin querer despertar. Había descubierto al genio de la literatura que me iba a acompañar toda mi vida. Había descubierto aquella ciudad que, desde la lejanía de la playa, veía todos los días en el horizonte. Había descubierto mi ciudad milenaria de la mano de Galdós. Había descubierto aquel mundo gaditano, de manos de la mujer que me había regalado aquel libro de evocación de batalla. Era mi madre.

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