¡picaste, querido lector! Ya sé que "virus" se escribe con v, pero es que, si llego a escribirlo correctamente, tú no lees este artículo, porque seguro que estás tan harto como yo de la invasión informativa que estamos padeciendo desde hace semanas con el dichoso virus coronado de las narices. Yo al principio pensé que hablaban de cierto Rey emérito que es una auténtica plaga, por más que nuestros piadosos medios de comunicación tiendan a disimular sus graciosas travesuras y hasta ensalcen su campechanía. Pues no: se trata de un bicho malaje que fastidia aparatosamente a los chinos y favorece al sinvergüenza de Donald Trump.

Les aseguro que no me lo tomo a cachondeo, porque cuesta muertes, enfermedades y otras molestias, como cancelaciones de vuelos y enclaustramiento en hoteles. Pero afirmo que la infección sanitaria está siendo acompañada por una infección informativa, que no deja de oler a cuerno quemado. Yo me he quitado de informativos en general, porque no pienso escribir aquí hasta dónde me tiene el paso a segundo o tercer término de toda noticia que no tenga que ver con la epidemia, pandemia o como diantres quieran llamarle los expertos.

De vez en cuando surge un problema sanitario grave apto para mantener asustados a nuestros vecinos, amigos, parientes y bienhechores. Gripe aviar, vacas locas; en su día, la gripe española… En la Edad Media tuvieron la peste negra, pero, como entonces no había periódicos, los pobres se limitaban a morirse y los ricos se largaban a sus fincas campestres, aunque también cascaban de lo lindo. La viruela mató a muchísima gente, pero también el sarampión, que ahora no es capaz de cargarse a nadie o a casi nadie. Los europeos tuvimos el detalle de trasmitir a los indios americanos de todas las latitudes nuestras propias infecciones, que diezmaron a la población local, carente de defensas contra ella. Las enfermedades meten, efectivamente, muchísimo miedo, porque todos los seres vivos en general no tenemos la más mínima intención de dejar de serlo, como es natural.

Pero insisto en que el miedo es una formidable herramienta de control, que saben manejar a la perfección los que mandan, y me refiero a los que de verdad mandan, no a sus vicarios y encargados administrativos. Si no recuerdo mal, Shakespeare dice en una de sus tragedias: "de lo que tengo miedo es de tu miedo", dicho que me parece muy oportuno y bien traído. Supongo que el poeta inglés también diría alguna estupidez que otra, pero de esas no ha dado cuenta la historia, ni falta que hacía. La sabiduría popular despacha el asunto con no menos acierto que los sabios que en el mundo han sido: "el miedo guarda la viña", luminosa expresión de la que han tomado muy buena nota todos los asustaviejas y manipuladores.

Algunas religiones han echado mano del recurso al miedo para mantener adecuadamente acoxonados a sus fieles, a quienes preocupa seriamente acabar en un lugar tan desagradable como debe de ser ese Infierno de las calderas de Pedro Botero, con demonios cornudos en prácticas culinarias, que, no contentos con cocer o asar a los pecadores, no paran de probar el punto del guiso con afiladísimos tridentes. Pues Dante Alighieri, que tuvo la suerte o la desdicha de darse un buen paseo por el Infierno, dice en el canto tercero de su divina comedia que sobre la puerta principal estaba escrito: "los que aquí entráis perded toda esperanza" y ahí sí que da en el clavo, ya que la pérdida de la esperanza, el desaliento definitivo, puede ser un auténtico infierno en vida, digo yo.

Otras religiones, más benévolas, se limitan a pronosticar a sus seguidores que van a reencarnarse, pero, dependiendo de cómo se hayan portado en este mundo, pueden regresar a él convertidos en coristas de Music Hall o en magnates del petróleo; o bien en inmundas cucarachas, en desafortunados vendedores por teléfono, o en cualquier otro oficio de poca aceptación pública.

Claro que no todo virus es malo, según parece, ya que en el léxico "moelno", que algo se haga "viral" es estupendo, maravilloso y el no va más. Pongamos que un muchachito o muchachita hace un video con el móvil que es para troncharse de risa, o para dar muchísima pena. Pues se convierte en viral y todo el mundo quiere verlo. Puede tratarse de un gato pidiendo unas copas en el bar, o del sufrimiento inhumano de un enamorado sin correspondencia… Lo que sea, pero que suene. Claro que lo que a veces se hace viral es la foto de una política jugando con su teléfono en el Parlamento, o la gilipollez de mérito emitida por un prócer de las finanzas.

Compruebo que he divagado bastante en estas líneas, pero es que estaba muy asustado con tanto virus sanitario e informativo.

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