El Tiempo Así se ve Sanlúcar a vista de dron tras la sorprendente granizada

Pensabas que no, pero sí. Todo ocurre una y otra vez, la rima fácil, la mujer difícil, el cielo negro y rojo y destrucción. Pompeya nos quedaba lejos, tanto que parecía ser apenas un telefilme de esos que trufan las siestas del atardecer, pero no, Pompeya estaba aquí al lado, a un tiro de piedra con alas, y lo que escupía no era mojo picón, es jugo picante, sí, pero mortífero. Destructivo, ya lo he dicho. Era L-A-V-A. Qué decir de la ambrosía del infierno, nadie puede comprenderla, ni tan siquiera esos vulcanólogos que predicen la muerte y acompañan al capitán Kirk en sus viajes por el espacio. El volcán erupciona, erecciona, explota con la fuerza de mil demonios y sega casas, plantaciones, vehículos, esperanzas, recuerdos, alegrías, tristezas, el covid-19 y el final de verano. El volcán es Dios. Todo es Dios. Lo dice uno que mira al mar, cara a cara, al nivel cero. Desde una tierra que sufre temblores sísmicos marítimos como si fuera una olla de menudo, sí, a menudo. Aquí en Cádiz no existen los tsunamis, pero sí los maremotos. Sólo ha nevado una, dos veces, pero tuvimos explosiones gordas, mogollón de muertos, y una lengua de agua que desbordó las vidas de una generación, la misma que jamás pensó que aquello pudiera pasarle a ella. Piedra, papel, tijera. ¿Qué eliges? El cielo nos envía a Dana, el mar a Poseidón y Hades, ¿qué iba a enviarnos ese hijo de puta? La destrucción del mundo, claro. Un mundo pequeñito, como de hormiga. O quizás otro que se nos hace demasiado grande, como de mediocre. Y reflexiono: ¿qué podríamos hacer? Invertir en I+D+I+D+I+D+infinito. Comprar equipos de detección sísmica, desalojar zonas precatastróficas, rezar. Rezar. A algunos, en La Palma, solo les ha quedado eso, la ropa que tienen, la mierda en las tripas y la fe en que alguien ahí arriba abra una ventana. Dios aprieta, ya saben. Pero habrá que dar con el mazo, digo yo. Tendremos que sobreponernos, imbuirnos en un manto de solidaridad, mirar a nuestros compatriotas con ojos de abuela, mandar para allá toda la ayuda posible, que se sientan parte del clan. Dejemos quietos los turismos volcánicos de la inepta aquella que no supo ver los posos del café mísero de todos aquellos que debían abandonar sus vidas a la carrera para no sucumbir ante la naturaleza. Un autobús que sacara crédito vacacional a la lava, y al carbón. A la mierda, diría Fernán-Gómez. ¡A la mierda!, digo yo. No sé si es Alá, o el demiurgo, o Zeus quien juega a los dados allá arriba, o si la soledad epistemológica será nuestro único destino, pero, como decía al principio de esta confesión, todo está ya escrito. Las casas ardieron, los garajes se inundaron y Dorothy volará una vez y otra, desde Kansas a Oz. Bueno será que jamás lo olvidemos. Que nunca lo dejes de recordar.

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