Cádiz es una ciudad bipolar, por decirlo finamente. De un lado tiran personas solidarias, asociativas, que creen en la fuerza transformadora de la sociedad y que, por el momento, dan una mayoría a lo que viene siendo la izquierda. De otro, tira un grupo conservador que prefiere la caridad a la solidaridad, y cuyo credo asociativo tiene escasa utilidad pública. Está en minoría, también por el momento. Sin embargo posee un enorme poder mediático, pues imita al pez globo, que cuando se siente amenazado se hincha, aumentando tres veces su tamaño, para intimidar.

Esta franja ciudadana se mira en el pasado de la ciudad, aunque no se les puede llamar nostálgicos: la nostalgia es ponerse una mañana de sábado el disco blanco de The Beatles (50 años, ya ves). Éstos, más que nostálgicos son retrospectivos.

Esta Élite Gaditana Retrospectiva (EGR) que parece instalada en 1947, llora a la menor ocasión por aquel Cádiz de finura pemaniana, y añora a aquella burguesía alegre y despreocupada -en lo más duro del franquismo, todo hay que decirlo- de conspicuos apellidos, chaquetas blancas, puestas de largo y fiestas en el Tenis.

La EGR sigue fiel a ese canon y así aparece en las fotos de prensa, felices de haberse conocido y de no conocer a nadie más, en sus sedes habituales de reunión, donde "lo gaditano" adquiere un valor supremo que los simples mortales no alcanzan a entender. Tienen incluso sus enfants terribles -penosa contradicción- que les ríen las gracias en columnas, foros y blogs. Si yo perteneciera a la EGR -una perspectiva poco estimulante- me aburriría muchísimo en esos muermos abisales, en presentaciones de libros como "La repostería religiosa en el Cádiz de entreguerras", o en la firma de ejemplares de cursilonas novelas en las que el protagonista habla esperanto con acento de Cadi-cadi, en charlas sobre ecologismo cristiano, en impostados festejos benéficos para las adoratrices de Nagorno Karabag, en pregones y polvorientas tradiciones, y con toda esa falsa erudición y efusiones líricas que ya eran antiguas en 1947.

Pero ellos disfrutan. Nada que objetar: son los mismos de cuando entonces, sólo que en un siglo equivocado.

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