No me pregunte el porqué, pero algo tendrá que ver con lo que se llama asociación de ideas. Cuando he visitado iglesias románicas oigo los ecos de rezos curiales y en las catedrales góticas los sonidos de los órganos llenando el espacio entre ojivas y vidrieras. Puede que se deba a que todo, incluso lo inerte, tiene un alma inmaterial que el tiempo esculpe y permanece para siempre. Me pasa también con los palacios, donde me parece oír bisbiseos conspiratorios; con los castillos, un arrastrar de cadenas; con  los pueblos abandonados, un llanto de niños y un dolor de viejos. Los ríos caudalosos, me ayudan a comprender la libertad.

¿Que a qué viene este preámbulo? A justificarme del porqué cuando veo en televisión una panorámica del Congreso desierto por la cosa esa que anda por ahí, se me viene a la imaginación una jaula vacía donde flota el sonido que emiten los animales según su especie. Y caí en la cuenta de que no sabía cuál era el nombre concreto de muchos de ellos. Así que me fui al Google y me enteré de que la abeja, susurra; el borrego, bala; el búho, ulula; el canario, gorjea; el ciervo, rebrama; la cigüeña, crotora; el cisne, vozna: la zorra, tautea… Curioso, ¿no? 

Servidor, como tantos, sabía lo elemental: que el burro, rebuzna; el caballo, relincha; la gallina, cacarea; el perro, ladra… Quiero decir que estos sonidos ya se saben sin necesidad de mirar ninguna panorámica parlamentaria, como tampoco es necesario mayores conocimientos para deducir que cada uno de los que forman el hemicirco pueden utilizar la misma lengua pero no la misma intencionalidad en el lenguaje, ya que cada cual puede expresarlo según la libre interpretación que haga de él y según convenga al apuntador de turno. De ahí que sea imposible formar un orfeón; es decir, que siendo vehículo de comunicación cada cual lo haga según haya sido su formación y sus intereses, y unos ululen y otros crotoren. 

Metido en harina me interesó el nombre de los animales que graznaban. Lo siento pero el graznido es un sonido que me da cierto yuyu.  Me pasa también con el arrullo de las palomas, pájaro que detesto tanto como la gaviota, uno de los pájaros más siniestros, igual que el cuervo, el grajo, la urraca y el buitre. Todos, ¡lagarto, lagarto! Comprendo que hay tantos gustos como colores y tantos graznidos como personas, sobre todo ahora que se han abierto la veda para tener mascotas originales, ¡por favor! Hasta no hace mucho lo normal era tener un gatito, un perrito, o dos o tres; hasta que llegaban las vacaciones para dejarlos en albergues o en los alrededores de cualquier gasolinera; pero de eso a tener en casa una boa constrictor, un querubín de cocodrilo o una araña negra… Mire usted, paisano: no.

Pero no iba a esto, sino a las impresiones que me producen la contemplación de ciertos espacios que me asocia a imágenes más allá de su simple contemplación. No es de extrañar, pues, que el Congreso vacío me recuerde el gorjeo o el graznar de pájaros, de muchos pájaros.

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