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Análisis

Manolo Fossati

Arroz difícil

Nos faltaba un poco de tomillo y romero pero a cada comercio respondía con un "no tenemos"

El otro día esta Isla me pareció una más de los Mares del Sur. Tal vez le faltara algún cocotero y un arrecife de coral que le sirviera de barrera contra los embates de la mar. Y les cuento.

En uno de esos arrebatos gastronómicos que de vez en cuando me asaltan, nos propusimos hacer un plato tradicional para la familia, con aromas camperos y antiguos y un toque de sorpresa. No contábamos con que esta Isla es a veces un atolón sin contacto con el mundo cercano. Lo teníamos todo, o casi todo. Sólo nos faltaba un elemento tan posible como un poco de tomillo y romero frescos.

Pregúntense dónde pueden conseguirlo porque a cada entrada en los comercios visitados el dependiente o responsable respondía con un "no tenemos" desalentador, un “no me queda” tampoco ilusionante o un “la semana que viene lo voy a traer” muy poco creíble. Tenía entendido que estas humildes hierbas pueden crecer en casi cualquier sitio, y que desde luego no tenemos tan lejos el campo donde brotan casi a cada caída de una gota de agua.

El sorprendente itinerario desde un humilde comercio hasta el decadente Mercado Central incluyó sin embargo la oferta abundante de jengibre, pikayas, mangos, maracuyás, semillas de goji, quinoa y otros productos cuyo nombre y existencia ni siquiera sospechábamos hace menos de una década y que seguro que nos equivocamos al pronunciar.

Como de milagro, un manojo de tomillo apareció en el fondo de un puesto, pero nada de ese aromático romero que expande su buena suerte por la casa al quemarlo. Al final, no fue la previsión de un detallista que tuviera en cuenta que todavía hay gente en este pueblo que cocina, sino el milagro de la coincidencia lo que salvó nuestro plato estrella. No un puesto de la plaza, no un comercio gourmet, no una frutería de las miles que han brotado, sino esa gitana cada día más delgada que lleva años paseando por la calle Real su pobre oferta de estampitas religiosas y matitas de romero a cambio de la voluntad. Un grito no muy educado, un feliz y casi desesperado "¡oyeee!" (imperdonable no sabernos todavía su nombre) nos facilitó tener en la mano el toque final para ese arroz tan tradicional, y tan difícil en una ciudad despreocupada de estos placeres antiguos que requieren, al parecer, tanto esfuerzo.

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