Análisis

José pettenghi

Aparta de mí este Cádiz

Qué bonitos tiempos aquellos en los que una ofensa a Dios la saldaba el propio Dios: te lanzo un rayo y te achicharro, o te mando un surtido de plagas, o te convierto en estatua de sal. Bonito sí, pero era un sinvivir…

Ya Dios no baja para vengarse. Se ofende poco, jubilado como está, y mata la eternidad echando migas a los palomos, sin ocuparse mucho de guerras, pobreza, desigualdad y demás miserias humanas. De modo que ha dejado el negociado de la venganza en manos de los curas, su franquicia en la Tierra. A éstos no se les puede negar el éxito comercial: hoy la Iglesia es la institución más rica del planeta, un gran monumento al poder y al dinero, edificado sobre los valores de la humildad y la pobreza. Ya ves.

Pero, como decía, ellos llevan los asuntos de la venganza, y extienden sus tentáculos vigilantes, husmeando y acechando al prójimo para sentirse ofendidos. Sin mirar mucho, eso sí, hacia dentro. La hipocresía.

Ha bastado un retuit del alcalde para que salten los cerrojos de esta ciudad que alardea de tolerante y culta. "Agresión intolerable", "Los curas llaman a capítulo a Kichi"… Cuidadito con nosotros. Suena a otros tiempos, la verdad, en los que pecado era igual a delito.

Y el comentario en cuestión no se ha hecho público en ningún acto oficial, ni en artículo de prensa, ni en documento donde el alcalde represente a la ciudad, sino en el ámbito privado de un tuit. Ya dijo alguien que no recuerdo, que tanto Twitter y tanta opinión no son buenos.

¿Que es grosero? Vale. Pero la grosería no es delito.

Ya en una segunda oleada atacó la Sección Folkoidolátrica: las cofradías. Con los habituales aspavientos, también sin mirar mucho para adentro, donde hay más de un trueno vestido de nazareno. La hipocresía.

¿Que ofende? Allá cada uno. Otras personas podrían sentirse ofendidas por la ocupación continua de la vía pública, por las subvenciones millonarias o por la rapiña indecente de las inmatriculaciones por parte eclesial. En un país aconfesional.

Porque también existe un Cádiz que vive ajeno a las cosas de la Iglesia o a las cofradías. Un Cádiz, sin duda, más real.

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