Análisis

José Pettenghi

Antología del bochorno

Hace justo una semana que el portavoz del gobierno andaluz se ajustó la corbata y dijo: "Que quede claro que la Junta de Andalucía va a perseguir este tipo de prácticas".

Aludía a que los padres del alumnado de algunos colegios públicos se ven obligados a aportar folios, papel higiénico, toallitas o jabón de manos, porque los presupuestos asignados por la propia Junta no son suficientes y su situación económica es asfixiante.

Total, que la Junta admite que eso está ocurriendo, pero recurre a algo tan antiguo como reaccionario: perseguir al pobre pero no a la causa de su pobreza.

Ya ves, los colegios pordioseando cosas básicas para su alumnado. ¿Cómo se ha llegado a esto? ¿A nadie se le cae la cara de vergüenza?

Veamos, los centros públicos han perdido el 30% de su dotación anual en los últimos seis años. Un pasito más en el deterioro progresivo de la escuela pública andaluza. Directores y profesorado se lamentan impotentes en sus deterioradas aulas y sus instalaciones deficientes. Colegios provisionales que siguen funcionando así después de 30 años, o institutos que se caen a cachos. No sólo nadie se avergüenza de ello, sino que "perseguirán" bla, bla, bla…

Esos que se parten la cara por la pública, en cerca de 40 años han conseguido que la pública -la de todos- viva hoy maltratada, indefensa y denigrada a la sombra del negocio educativo del sector privado. Aquí recientemente se han suprimido unidades de centros públicos, mientras se mantenían e incluso se aumentaban las de centros concertados.

Y eso que la Educación está en manos de los que se parten la cara por la pública. No quiero pensar qué ocurriría con la conservadora ola neoliberal de ultracentro en el poder. Uf.

Partirse la cara por la pública es, un poné, incrementar hasta lo decente la dotación económica de los centros, dotar de profesorado suficiente, mantener los edificios, algunos en condiciones tercermundistas, rebajar ratios, dotar de especialistas y monitores, cubrir bajas… Y menos costosos programas "de adorno", menos psicochorradas y una administración más eficaz.

Sólo hay que hacerlo. O al menos intentarlo.

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