Balas de plata

Amar el baloncesto

Es un deporte en el que, como en la vida, donde más se aprende es en los momentos bajos. Y te enseña a superarlos, a salir adelante, a esforzarte para mejorar

La imagen fue desoladora. El presidente del San Pablo Burgos, un empresario inmobiliario de cuyo no nombre no quiero acordarme, bajó a la pista tras una derrota y obligó a grito pelado a sus jugadores a que se arrodillaran en medio campo y pidieran perdón a la afición tras haberse consumado su descenso de la Liga Endesa. La fotografía presenta a un tipo bien trajeado señalando el piso al tiempo que berrea con gesto crispado y autoritario. Al ver la imagen pensé: "esto no es baloncesto, esto no es el deporte que amo".

Me sentí mal por los jugadores, pero sobre todo porque ninguno de ellos se plantara ante el inversor -que está unificando los equipos de fútbol, baloncesto y balonmano de Algeciras, según me chivaron no hace mucho- y le dijera que no, que la esclavitud no existe en España, y que no iba a aceptar esa manera de  derivar responsabilidades por su mala gestión deportiva hacia unos profesionales que anímicamente estaban destrozados en ese preciso momento. Claro, hay que ser comprensivo con ellos. Los cogería en un momento de debilidad y tristeza, se verían forzados por la presión. ¿Qué dirían los socios si alguno se hubiera negado a la genuflexión? Seguramente se habría señalado para siempre. No voy a cargar las tintas contra los jugadores, que bastante tuvieron ya con esa situación tan ridícula y vergonzantes. Pero eso no es baloncesto.

Baloncesto es Laia Palau retirándose tras toda una carrera de éxitos, a los 42 años, habiendo sido ejemplo para dos o tres generaciones de jugadoras y aficionadas. O el jovencísimo Luka Doncic, que dejó el Real Madrid para romper los esquemas de una NBA loca por el triple, gracias a Stephen Curry. Baloncesto es también Richi González Dávila, entrenador emigrante, siempre dispuesto a ofrecer un buen comentario analítico, un vídeo interesante, el maravilloso don del pase. Baloncesto es Kobe Bryant convertido en leyenda. Ellos sí son el deporte que amo.

Hablamos de un deporte gregario y comunitario donde mejores y peores conviven con un fin único en el interior de una colmena humana y perfecta. Michael Jordan nos enseñó que un jugador estelar que anotara 35 puntos por partido no era nadie en playoffs sin unos compañeros que le pusieran los bloqueos, que defendieran hasta la extenuación, que anotaran en los momentos decisivos. Esa es la magia del basket: el esfuerzo colectivo genera milagros, remontadas, éxitos y victorias. Y derrotas.

Baloncesto es también verse superado en el uno contra uno, en el cinco contra cinco, con la pizarra ajena. Baloncesto es perder y aprender, superar la frustración con elegancia y valentía, la justa para marcarse el objetivo de la revancha. Es un deporte en el que, como en la vida, donde más se aprende es en los momentos bajos. Y te enseña a superarlos, a salir adelante, a esforzarte para mejorar.

Para mí es el deporte perfecto y he tenido la suerte y el privilegio de disfrutar de los múltiples éxitos que ha ofrecido la disciplina en España, en todos los niveles competitivos nacionales e internacionales. Tras años de descalabros, eso sí. Por eso hemos de tener cuidado con estos inversores procedentes de otros lugares, de otros deportes. Ellos no aman el baloncesto. Para ellos no una religión del corazón, sino sólo otra promoción de viviendas. Y sus jugadores, meros instrumentos desechables. Gente como esta sobra en el baloncesto, intentemos no dejarla entrar.

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