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Alonso

No pude sino pensar lo que suelo respecto de mis hijos: qué lastimoso mundo el que te espera

Nació mi sobrino Alonso, un Julio César gaditano, abandonando a la fuerza el cuerpo acogedor de su madre, arrojado al frío extra-placentero por médicos magistéricos en cirugías y otras artes místicas, en el paritorio del Hospital Universitario Puerta del Mar; el mismo en el que a veces pintan paredes, faltan camas y visitan Spiderman y Susana Díaz. Nació, fui a verlo, a él y a sus padres, y tendí a recostarme en la analogía: el día que Claudia nació se cortaba la avenida gaditana por una marea de trabajadores de Delphi que se intuían estafados ante notario. Alonso, hoy, nace en un mundo enloquecido, aturdidor.

El larguirucho Alonso se parece a sus primos, que es como decir que se parece a cuatro familias, o quizás a ocho, y dicen las malas lenguas -mi esposa- que se parece al padre, a mi querido Pablo Luis (llamado Luis por Luis Berenguer, escritor mayúsculo sin fundación, ni homenaje, ni premio). Lo que decía, que mirando al recién nacido, que es como decir recién despertado, su calma que torna en ímpetu pulmonar, tumbado al calor de su madre, Carolina, y luego cogiéndolo -tan pequeño entre mis brazos, tan mío sin serlo- no pude sino pensar lo que suelo respecto de mis propios hijos: qué lastimoso mundo el que te espera, querido niño.

Porque eso es lo más triste de una sociedad como la nuestra, que cada año nacen más y más víctimas: víctimas de progenitores asesinos, de prejuicios de todo tipo, de ideologías colonizantes, de economías de ruleta rusa. Los niños no advienen ya con su pan bajo del brazo ni las nanas llevan siquiera cebolla, como algunas tortillas. En este asquerosamente maravilloso mundo en el que ha puesto su bandera Alonso Montiel y Rey pagamos los pecados de una, dos, generaciones.

Sin embargo este niño al que tengo por ahijado en secreto agarra los dedos de los que lo sostienen con fuerza, apresa a su madre con tanto amor como hambre, hurga en las barbas poco reglamentarias de su padre, sufre a los abuelos -algunos más poéticamente pesados que otros- y crece por día, ajeno a todo el barullo irrefrenado de esta democracia que nos presentan exangüe. Todo esto, el pasado del pequeño Alonso, un lugar en nuestra memoria, debe ser -contradiciendo la norma- peor que el tiempo futuro.

Se lo debemos a nuestros niños, a los Alonsos que aparecen -cada vez menos, eso sí- entre los brazos de nuestras/sus madres para memorar lo que fuimos. Mirar los ojos atelarañados de Alonso, una mirada que percibe formas y colores, puede que incluso el olor familiar, es descubrir un argumento, una potencia filosófica que nos impela a batallar, a luchar por la democracia, por nuestros derechos, por la igualdad y la justicia. Por los niños.

Surgió mi sobrino Alonso desde una cremallera de piel y carne para avivar el amor y la alegría de dos, cuatro, familias, y me hizo reflexionar, hasta el punto de que, en cierto sentido, consiguió insuflarme optimismo y decidí con súbita inmediatez, como ordenaba Aleixandre en su censurado poema, comérmelo a besos.

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