Análisis

rafael duarte

Ah de la vida

Mis amigos dirían que no se puede vivir sin una mínima esperanza

El viejo cielo avanza con las nubes albinas de piedra ostionera. Veo vivir la tarde tan distinta según la mire. La velocidad del viento no es la velocidad del tiempo. Aquí ya todo es velocidad. Hasta la paz interior vuela. ¿inquietum est cor meum?. Ah, de la vida. ¿Nadie me responde? La desesperación de Quevedo salta en la mente. Somos falibles y frágiles. Ser para la muerte, dijo Heidegger. Nadie acepta ese punto de vista. Pero es cierto. Real. ¿Abstracto? Mis amigos dirían que no se puede vivir sin una mínima esperanza. Y creo que la tengo firme, pero no cierta. Abrigo la esperanza por si las esperanzas pudieran ayudar en algo.

Como una extraña firma junto al nombre tenemos la certeza de la muerte biológica. La vimos desde siempre en los pequeños tedios, hastíos, fastidios, cansancios muy concretos. Igual que el árbol que me cobija que parece firme y duradero … ¿firme ante qué? Hoy que han decretado toxicidad de la tristeza, de la preocupación o de la soledad, estoy pensando bajo el esqueleto inerte de la sombra. Esa radiografía del quitasol.

¿Algún día querré comenzar de nuevo? ¿Qué querré comenzar? Hay locura en el aire. Hay demasiado silencio por las noches. El yo esencial yace conmigo lastimado. El otro yo. El socializable sólo ve máscaras ambulantes. El vacío de todo con vagas moralejas reflexivas.

Cada vez me incluyo más en mí mismo. Cansado de los nuevos estigmas amorales. De las insoportables e inútiles peleas entre políticos. Ese tiempo que fluye hacia la muerte disuelve el egoísmo. A lo mejor por la inquietud de la final muerte biológica. Sí seguiré existiendo más allá de mi muerte o caeré como persona en la absoluta nada. ¿Numquid durabo? Liza entre la religión y la metafísica.

Angustia ante la perspectiva de la propia aniquilación. La Isla blanquea en la mañana. El cinturón de cal de la neblina aísla estos trances contemplativos. El eslabón que conecta los dos planos está justo en la mirada, la exterior y la interna.

Oh muerte. Estoy demasiado impregnado de ti. Debo asimilarte. Al margen de los Cristos y su desnuda anatomía. Oh muerte, la parte de ti que llevo en mí, que vive en mí, ya exige tu experiencia. Paisaje submarino de la consciencia. La penumbra imprecisa.

¿Cansancio ante la vida? La despojada sensación incierta de que mi fin no es el comienzo. Ni la estructura existencial. Ni la literatura. Ni la ciencia. ¿La trompeta animal? El hambre. Los deseos. Los bordes afilados de los libros. Las realidades fragmentarias. Todo se pierde en la mañana de salicornias y caminos. La mañana borrosa con su tedio. Convertida en inercia sensitiva. Entre mística y aguas. La insondable parálisis del caos. La soledad del nadador. El sedimento de la piel lastrando la dimensión del pensamiento puro.

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