Explotar los prejuicios y el miedo atávico a lo desconocido parece que se ha convertido en arma política en nuestro país. La incompetencia, la corrupción o la falta de proyecto político se intenta enmascarar con el nacionalismo más rancio, echándole a los demás, en este caso a los inmigrantes, la culpa de todos nuestros males. Un recurso perverso que históricamente ha provocado muchos desastres.

Los que pretenden convertir a Europa en una caja fuerte blindada para guardar sus esencias raciales y cristianas, son los mismos que promueven políticas que han llevado al empobrecimiento y a las guerras a países vecinos, provocando movimientos masivos de población. Son los que atacan las ayudas al desarrollo con ese lema tan miserable de “nosotros primero”.

Estos vocingleros de la derecha y la extrema derecha se declaran, además, defensores de las esencias y tradiciones cristianas. Pero se quedan en el folclorismo de belenes y procesiones. Como les pasa con la Constitución, olvidaron lo esencial. Deberían repasar las bienaventuranzas y las obras de misericordia.

Escribo este Alambique desde Etiopía, un país con más de 100 millones de habitantes que, como el resto de África, se duplican cada 30 años. Lo que no tenemos en España –niños- aquí los hay a millones. ¿Qué opciones políticas plantean nuestros xenófobos líderes de la nueva derecha? O en estos países hay unas condiciones de vida dignas y seguras y un futuro para sus jóvenes, o a millones llegaran a nuestra impoluta Europa. Y no habrá concertinas ni muros que los pare.

El que personajes públicos promuevan el rechazo, el odio y la discriminación contra personas por el mero hecho de ser más negros o más pobres que nosotros debería estar tipificado en el código penal. Sin penas de cárcel, bastaría con trabajos para la comunidad. Una temporada en algún país subsahariano ayudando a niños de la calle en barrios desfavorecidos, o en zonas rurales conviviendo con pastores que no han cumplido los diez años y cuidan el ganado de sol a sol, o con niñas que acarrean agua a sus casas desde kilómetros, a lo mejor les hace cambiar de opinión sobre la situación de África. Y lo mismo hasta se plantean que ayudar a la escolarización de esos niños es la mejor inversión para ellos, para sus países y para nosotros.

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