No voy a decir que fuera una estampa bella, pero es la que vi. Desde que vivo en Cádiz es muy raro que me dé un paseo por las calles del centro de El Puerto un día de otoño cualquiera, entre semana, y por la tarde. Pues eso hice el jueves pasado. No había apenas nadie. Las calles vacías, mugrientas. Cuatro coches vagando. Tiendas y más tiendas cerradas cogiendo polvo, rótulos descoloridos, carteles de ‘se alquila’, fincas ruinosas, cero niños… lo de siempre. Nada nuevo. Una decadencia que se viene viendo y denunciando desde hace muchos años, más de diez, pero que se ha acrecentado con el coronavirus como catalizador perfecto. Y mira que gente hay, en un municipio con casi 90.000 habitantes, que cuando llega el domingo o cualquier fiesta, da vida humana a esas calles olvidadas. No trato de echar la culpa a nadie (podría ir desde Hernán Díaz hasta Jeff Bezos en un párrafo). Solo hablo de lo que sentí. Ni tristeza ni, obviamente, alegría. Fue un choque contra una realidad cotidiana, una constatación pseudomística: Sentí que me desplazaba en el tiempo, hacia un futuro más o menos cercano, donde el mundo ha cambiado para siempre. Donde las formas de vivir, consumir, de relacionarse con la gente ya no son las que conocíamos. La gente se empeña en comparar y decir que Cádiz, San Fernando o Vejer tienen más vida, pero ¿y si El Puerto está adelantado a su tiempo, como una avanzadilla de lo que está por venir? ¿Una metáfora del éxodo urbano que ya ha comenzado?

Al llegar al kilómetro cero, la confluencia de Luna con Misericordia, había cuatro o cinco negocios con cierto ambiente, algunos grupos de viajeros y turistas que parecían contratados para hacer bulto y comprar algunas cositas en un goteo surrealista, extraño. Como un oasis y su espejismo. Como un plató. Un museo de lo que fue esta ciudad y su civilización. No es que fuera una estampa bella, pero tuve la certeza de que estamos en un punto de inflexión radical, de que nada volverá a ser como antes. Y no se trata de si nos gusta o no.

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