Marin Karmitz. Productor y empresario cinematográfico

"El verdadero objetivo político del cine es transformar la vida de la gente"

  • Nombre clave del cine de autor europeo, el productor y exhibidor ha visitado Sevilla para presentar la trilogía de Kieslowski. Su empresa, MK2, es la nueva propietaria de Cinesur.

Marin Karmitz (Bucarest, 1938) es uno de los viejos leones del cine de autor europeo, director comprometido en sus inicios y controvertido asesor de Sarkozy en asuntos culturales; productor de Godard, Chabrol, Resnais, Malle, Bellocchio, los Taviani, Haneke, Van Sant, o Sangsoo; impulsor de MK2, la cadena de cines en versión original más importante de Francia, que ha desembarcado en Andalucía para hacerse cargo de Cinesurcon presencia en Cádiz. Ha estado en Sevilla para presentar la trilogía Azul, Blanco y Rojo del polaco Kieslowski.

-¿Diría que esta trilogía es la joya de la corona de su trayectoria como productor?

-Sí, es posiblemente el mejor momento de mi trayectoria. La experiencia con Kieslowski es la que más me ha marcado, por la personalidad del autor, por el tema escogido (libertad, igualdad y fraternidad), y también por las condiciones de rodaje, ya que hicimos las tres películas seguidas. Además, el proceso terminó con un enorme éxito, 15 millones de espectadores en todo el mundo vieron y apreciaron esas películas, se ganaron premios en los grandes festivales, a excepción de Cannes, e incluso, en el caso de Rojo, llegamos a las puertas del Oscar.

-Después de 40 años de trayectoria, ha abandonado la producción para centrarse en la distribución y la exhibición. ¿Ha dejado de creer en el cine de hoy para seguir produciendo?

-La producción supone una gran inversión y esfuerzo por mi parte, cada nuevo filme es como un parto. Me considero editor y vendedor de cine, editar para mí es ayudar a parir. A toda mujer se le pasa la edad para parir, y uno se convierte en un pediatra demasiado viejo para soportar los gritos de los niños. Por suerte, he trasmitido a mis hijos la pasión y los conocimientos para el oficio. La muerte de Kieslowski también fue un hecho determinante para ir retirándome poco a poco de la producción. Cada vez es más difícil encontrar autores de su nivel humano y artístico. Siempre busco una relación familiar con los cineastas con los que trabajo.

-Ha producido a numerosos autores europeos, pero también de otros ámbitos como Japón, Corea del Sur, Irán, Israel o Latinomamérica. ¿Nunca le ha interesado producir a algún cineasta español?

-Curiosamente mi primer éxito como distribuidor fue con El espíritu de la colmena, de Víctor Erice. Antes había distribuido también en Francia Cría cuervos, de Saura. Me encantaría poder producir a Almodóvar, pero creo que él no me necesita. En todo caso, quiero aclarar que no hemos parado la producción en MK2, sino que ahora la hacemos de otro modo, colaborando con otras empresas, en proyectos que realmente nos entusiasman y con cineastas que amamos verdaderamente. Por ejemplo, con Xavier Dolan, con quien tenemos una película en el próximo festival de Cannes. Vamos a hacer los próximos filmes de Kiarostami y Kawase.

-¿Y cómo se enamora usted de un nuevo autor, de Dolan, por ejemplo?

-Yo vi llegar a un joven locuelo y desbordante, con una enorme pasión por el cine que le salía por todos los poros de su piel y que además decía sentir una enorme admiración por mi trayectoria, ¡cómo no trabajar con él!

-¿Por qué eligió España para expandir MK2 fuera de Francia?

- Es importante explicar que el corazón de mi relación con el cine es la producción, que las películas existan; pero además fundamental encontrar dónde mostrarlas. Yo he intentado cambiar esa relación creando salas que puedan acoger los filmes y autores que me gustan, y lo he hecho fundamentalmente en París, nunca he pretendido ser un empresario global. He sido el principal valedor del cine de autor en Francia, pero por diversos motivos ya no he podido desarrollarlo más allí. Pensamos que España era el mejor país posible para prolongar esta filosofía, que pasa fundamentalmente por la defensa de la versión original, la lengua es una de las bases de la identidad del cine de autor.

-¿Cree que esa labor educativa respecto al cine de autor es posible en un cine multisalas, compartiendo espacio con el cine más comercial?

-He abierto salas en barrios duros y difíciles donde no había versión original, y actualmente hay 5 millones de espectadores al año que pasan por ellas. Pero esto ha costado mucho tiempo y mucho trabajo, es un proceso lento. Hay que poner pasión y no ser sectario, mezclar el cine de espectáculo y el cine de autor, y demostrar al público que el cine puede ser un entretenimiento pasajero pero también un ámbito para la reflexión y otro tipo de emociones. Creo que en la mezcla y la oferta de ambos está la clave. No me interesa convertir el cine en un gueto, sino derribar muros y abrir fronteras.

-En sus comienzos en los 60 realizó un cine muy comprometido políticamente. ¿Cree que es posible hacerlo hoy?

-Mi historia personal está vinculada a las transformaciones de la segunda mitad del siglo XX. Las nuevas generaciones viven hoy en otro contexto. Nuestra vida estaba estrechamente vinculada a la política, no había separación entre la política y la manera de hacer películas. Siento que aquel espíritu del 68 queda ya muy lejos en la Francia de hoy.

-Usted es de origen rumano, ¿qué percepción tiene del boom del nuevo cine rumano en la última década?

-Creo que donde hay creadores con la posibilidad de crear nada está perdido, siempre hay esperanza. La prueba es el cine rumano. En la peor situación posible, con Ceaucescu, con una generación silenciada, estaba Lucien Pintilie, que resiste y alumbra a la generación posterior. Otro ejemplo es Irán, donde yo he apostado por Kiarostami, Makhmalbaf o Panahi. Allí tienen a los ayatolás, no hay apenas dinero, aunque por lo menos tampoco tienen a los americanos (sonríe). Esos autores, con Kiarostami al frente, han participado en la renovación del cine mundial, aunque sus filmes no puedan verse en su propio país. La creación apenas necesita una pequeña llama para prender el fuego, pero esa pequeña llama es necesaria. Mi trabajo es conservar siempre viva esa llama. Cuando la apagas, como hizo Berlusconi en Italia, reavivar de nuevo el fuego es realmente difícil. Y es a través de las salas como se mantiene viva esa llama, generando una cierta economía que permita seguir haciendo nuevos filmes.

-¿Cree que apostar por el cine de autor y la apertura de nuevas salas tiene sentido en una época en la que han cambiado tanto los modos de consumo?

-En MK2 estamos convencidos de que la gente aún tiene la necesidad de salir de casa. Lo que hay que hacer es repensar la oferta, el cine, de una manera distinta. Mis hijos han puesto en marcha pequeñas salas en museos, en el Grand Palais o en la Grande Bibliotèque, donde junto a las proyecciones se realizan cursos de filosofía, de historia del arte, de danza, fiestas, cenas, etc. Hay que expandir y enriquecer la experiencia de ir al cine. Para mí el cine es una cuestión de alteridad, de relación entre las personas.

-¿Echa algo de menos de la época en la que empezó?

-Tengo muchos recuerdos, mucha nostalgia. Quizás lamento no haber abierto más salas en barrios difíciles, poder cambiar un poco la vida de los entornos con el cine. Ese es el verdadero objetivo político del cine, transformar la vida, pero eso hoy ya no interesa.

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