Cultura

Un repertorio para la orquesta

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La Orquesta Filarmónica de Málaga presentó el miércoles un programa novedoso: una obra de estreno absoluto y otras dos que probablemente eran desconocidas para el escaso público. Una de las cosas estupendas del Festival es el estreno absoluto de obras, algunas encargos del propio Curso de Composición de la Cátedra Manuel de Falla; al margen de cualquier polémica, hay que entrar decididamente en el siglo XXI, aunque tanta gente no haya salido del XVIII.

De cadencias, encargo de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía al joven compositor Manuel Rosal, crea un mundo sonoro a través de notas extremas, jugando, hasta sus últimas consecuencias, con los glissandi de las cuerdas y los armónicos, llevando al oyente a una caída sin límites, con algunos hitos de sonoridades aceleradas y forti contenidos con clara presencia de la percusión; nada de melodismo, pero sí forma, tensión, texturas entrelazadas en un desarrollo que parece no tener fin pero que, lejos de inquietar, produce en el oyente una sensación de paz, de serenidad ante el abandono, de percepciones oníricas cercanas a lo que sería un déjà vu. La orquesta traduce la obra con sentido sinfónico, riqueza de color y la estricta homogeneidad de tempi y volúmenes y que exige la partitura.

Emilio Lembherg Ruiz (1905-1959), malagueño de ascendencia alemana, destacó como creador de música de películas pero nos dejó también obras sinfónicas. Su Suite andaluza está compuesta de cinco números pintorescos, folcloristas en visiones literales, ramplonas y pretenciosas en mi opinión; la orquestación es brillantona y artificiosa, cuajada de evidentes plagios. Una obra de escaso interés muy bien servida por la entregada y colorista orquesta.

Mucho más interesante es Manuel Manrique de Lara (1863-1929), que, además de general de división de Infantería de Marina, notable pintor y recopilador de gran parte de las canciones sefarditas que hoy conocemos, fue un músico muy apreciado, discípulo de Chapí y amigo personal y colaborador de Menéndez Pidal, Arbós, Sorolla, Richard Strauss, Felipe Pedrell, Bretón, Conrado del Campo, etc. Gran defensor de las innovaciones de Wagner, lo que le procuró no pocos sinsabores, su composición más notable es La Orestiada, trilogía sobre la tragedia de Esquilo, cada uno de cuyos movimientos tiene entidad propia. Se trata de una obra ambiciosa, densa, muy inspirada, integrada por tres poemas sinfónicos en los que la influencia de Wagner se observa desde el mismísimo primer compás; en mi opinión, muy bella.

La gran orquesta, dirigida por el expresivo José Luis Temes, adolece de una cierta indefinición de planos y falta de relieve sonoro; semejante orquestón puede mejorar, pero responde perfectamente al repertorio elegido, afinada, empastada y con una cuerda (especialmente violas y cellos) excelente.

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