jordi costa. crítico

"El patio está vigilado pero hay vida en los márgenes"

  • El autor presenta esta tarde 'Cómo acabar con la contracultura', sobre los movimientos contestatarios en España entre los años 60 y 70

El crítico y guionista de cómic barcelonés Jordi Costa. El crítico y guionista de cómic barcelonés Jordi Costa.

El crítico y guionista de cómic barcelonés Jordi Costa. / d.c.

Tal vez un momento como este, cuando casi todos podemos permitirnos el lujo de creernos al menos un poco contestatarios sin serlo, sea buena ocasión para reflexionar sobre el concepto de contracultura como un cuestionamiento activo de las normas imperantes que, en el caso de España, tuvo unos condicionantes bastante específicos: "La lucha contra la dictadura se asoció de manera inevitable con la contracultura, aunque este último concepto incluía cuestiones más amplias, como la revolución homosexual, el feminismo, el consumo de drogas, la música o los límites de la libertad de expresión. La contracultura viene a poner en cuestión el poder establecido. Todas las utopías que pudieron albergarse se depositaron en España en la llegada de la democracia, y la Transición no permitió cumplirlas, claro", explica Jordi Costa. El crítico acaba de publicar Cómo acabar con la contracultura. Una historia subterránea de España (Taurus), libro que presenta esta tarde junto a Rafael Marín en el Edificio Constitución 1812. Y, ¿qué acabó, pues, con la contracultura? ¿qué fue su criptonita? Costa habla del "gusto socialdemócrata": "La contracultura es por esencia dionisíaca, feísta e imperfecta. Cuando llega el PSOE en el 82, se crea esa especie de cultura de subvenciones que, en algunos aspectos, tiene sus valores positivos pero que mide la obra de arte en términos de productividad y de mercado, y se favorece un modelo de cultura que no plantea preguntas incómodas -desarrolla-. Durante un tiempo, la oposición al régimen y la contracultura caminaron juntos, pero los primeros aspiraban a conquistar el poder y establecer un nuevo paisaje cultural que tenía muy poco de anárquico y rupturista, como es lógico".

La contracultura, según Jordi Costa, llega a terrenos nunca pensados. Toca el cine, el cómic y el movimiento jipi, por supuesto, pero también El Palmar de Troya es ejemplo contracultural "desde el lado oscuro: una reacción en la que, en vez de caminar hacia el futuro, se camina hacia el pasado frente al aperturismo del Concilio Vaticano II, con un santoral que va desde Franco a don Pelayo, con mucho de grotesco y cuadro pop". Y que no es ajeno a los espacios camp, empezando por el propio Papa Clemente: el artista antes conocido como La Voltio. "Todo lo que está relacionado con el deseo es tan poderoso que encuentra vías de infiltración -explica el autor-. Así que el movimiento homosexual se apropiaba de iconos normalizadores, que ellos usaban para vindicarse y nutrirse (el mundo de la copla, Judi Garland, vestir vírgenes y santos, el peplum... ). Aquí, dos autores que nos han dado las claves de todo eso son Terenci Moix y Eduardo Mendicutti".

Otros dos campos que no asociamos con lo contracultural pero que eran bastiones indispensables del movimiento fueron la educación y la psiquiatría: "Una figura como Nazario era maestro de escuela y estaba muy influenciado por el ideario de Summer Hill, que decía que todo niño obediente es un niño desperdiciado. Y había publicaciones como El libro rojo del cole, un libro holandés en el que yo recuerdo haber leído las primeras cosas sobre sexualidad o drogas, y que decía cosas que siguen pareciéndome muy útiles como que la pornografía no es mala mientras no te la creas -continúa Jordi Costa-. Al mismo tiempo, estaba todo lo que suponía la educación en tiempos de Franco, con todo lo que tenía de domesticación y control. Y luego en la psiquiatría se tenía, a combatir, figuras tan tétricas como López-Ibor (que le tocó a Leopoldo María Panero) o a Vallejo-Nájera, que tuvo un hijo que fue de los primeros jipis".

Hablando de lo cual, Cómo acabar con la contracultura recuerda que, en el verano del 69, existió un plan para recluir a los jipis de Formentera en campings: "Se concebían como una amenaza contra el boom turístico y el desarrollismo -cuenta-. Al final, se quedó en los procesos del expulsión del 'extranjero no productivo', de ahí la figura del jipi de las pulseritas".

Entre los episodios surreales e impensables que provocó el afán de la contracultura, se encuentra una visita de Chummy Chúmez al Zap Comix de Robert Crumb: "Tanto él como el primer Roto (Ops) fueron los introductores del cómic underground americano, aunque creo que no llegaban a creérselo ni a apasionarles del todo". A pesar de que lo contestatario tuvo a nivel viñeta a exponentes de máximo nivel como Nazario y El Víbora, los creadores de cómic underground en España no contaban con un semillero similar al que había sido MAD, por ejemplo, para la generación de Crumb: "Aunque los tebeos de Bruguera podían darte una imagen sociológica de la España de posguerra muy dura y crítica, con Los cuentos del tío Vázquez o 13 rue del Percebe -indica Costa-. Todo eso nutrirá la nueva irreverencia underground, que ha resultado ser un fenómeno potente y longevo: Gallardo (de Gallardo y Mediavilla) sigue escribiendo, Nazario sigue escribiendo y Max es el gran superviviente de la época".

No deja de ser curioso que la película que muchos consideran epítome de lo contracultural (Pepi, Luci, Bom), marcara en realidad, según Costa, el fin del fenómeno: "Sin que Almodóvar lo tuviera en sus planes, está contando simbólicamente que las viejas instancias del poder van a apropiarse de esa rebeldía".

Jordi Costa recoge también el testimonio de una de las YouTuber más famosas del momento (Soy una pringada) como ejemplo de ejercicio y perfil contracultural: "Los de mi generación tendemos a subestimar a los millennials, aunque también es verdad que te cuesta. Te preguntas por qué siempre se hacen selfies, por qué los vídeos de YouTube tienen que durar una hora, qué sentido tiene el unboxing... Lo mismo te preguntas todo esto porque eres viejo -reflexiona-. Si miras un poco te puedes encontrar con sorpresas como Soy una pringada que, dentro de la cultura YouTuber, dice que no a lo que hacen sus compis de generación y cuestiona el lenguaje de generaciones anteriores. Jugamos en un patio de recreo que está vigilado pero, dentro de esos márgenes, hay ejemplos que nos dicen que hay gente dispuesta a generar discursos en contra con cierta consistencia y originalidad".

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios