Cultura

Las palabras de la nieve

  • Libros del Asteroide publica por primera vez en castellano 'Postales de invierno', el título más conocido de la escritora norteamericana Ann Beattie

La soledad es el frío último y primigenio, el frío único, el que se lleva en los huesos. De eso, de las muchas formas de soledad que albergamos y de algún tibio remedio para espantarla es de lo que nos habla Postales de invierno. Nada difícil de adivinar con semejante título y con semejantes ingredientes: el cambio de año en una gélida ciudad estadounidense y de las circunstancias que rodean a Charles, el protagonista, un joven funcionario declarado material fungible por su novia, casada con otro, también perdida y embrumada; su amigo Sam, parado y huérfano de mascota, su madre demente y su padrastro parásito.

Sorprenden varias cosas de esta primera novela de Ann Beattie -que ve la luz en castellano veinte años después, de la mano de Libros del Asteroide-. La primera es el pulso con el que dota a su protagonista, de una sensibilidad suave y profunda, que huye, sin embargo, de cualquier sentimentalismo al uso, y que contagia todo el clima de la novela. La segunda es el ritmo y la frescura de su narración, especialmente en los diálogos, otorgándole al discurso un dinamismo cinematográfico. Y, sobre todo, esa cualidad tan de hoy en día que consiste en centrar la mirada, precisamente, en los rincones perdidos, en aquello que no se cuenta pero se siente palpitar y que trama, más que ninguna otra cosa, las coordenadas que nos configuran.

Resulta meritorio que, tanto tiempo después, recién volcadas en palabras, las imágenes que Beattie nos presenta no crujan por ninguna parte. No hay fisuras.

Postales de invierno, es una muy buena madre de sus dos hijos directos que, sin embargo, han gozado de mucha más popularidad entre nosotros: La tormenta de hielo, de Rick Moody -llevada al cine en 1997 por Ang Lee-, y Alta Fidelidad, de Nick Hornby -con la versión cinematográfica de Stephen Frears-. Dos décadas antes, Beattie dibujaba a un personaje con circunstancias y resortes similares a a los del Bob Gordon de Hornby y un ambiente de desolación emocional digno de la obra de Moody.

La música es -imposible esperar otra cosa- una presencia constante a lo largo de toda la historia -los protagonistas lucen líneas tan propias como "¿Qué querrá decir Dylan en su nuevo trabajo?"- y, de hecho, una canción de Cousin Emmy, Chilly Scenes of Winter, es la que presta nombre a la novela. La música como exorcismo principal contra los fríos del alma. Y hay otros, claro. Las relaciones que nos acompañan sin saberlo, tal que la que establecen Charles y Sam, y que hace de Postales de invierno, un muy buen canto, sin alharacas, a la camaradería. O el amor romántico, que se retroalimenta en su generación y desgaste, en un proceso de combustión placentero y extenuante. Como apunta Rodrigo Fresán en su excelente prólogo, no sólo el espíritu sino también el final de esta primera obra son ya característicos de Ann Beattie -nombre común en las páginas de The New Yorker y en las antologías de literatura contemporánea norteamericana-. Las últimas páginas de Postales de invierno no cierran el libro: dejan un dulce sabor de boca y el futuro abierto, o mejor, "entreabierto": "Más que un final feliz -dice Fresán-, es un final que ansía ser feliz". Un final, un narrador, que es muy consciente de que las estampas de equilibro dependen de algo tan fortuito como una mala corriente de aire.

La historia helada de Ann Beattie produce, al terminarla, dos impulsos bastante irracionales: uno es abrir sus tapas celestes y comenzar a leerla de nuevo. Y el otro, por supuesto, un irrefrenable antojo de pudin de naranja.

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