Cultura

De lo mínimo a lo máximo. El alcance del espíritu

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Montenmedio. Cta. Vejer - Barbate Km. 42,5.

No es hora, a estas alturas, de escribir exhaustivamente de la Fundación Montenmedio y de su esclarecedora colección de obras al aire libre. Los que todavía no estén enterados de su existencia es porque no les interesa el arte contemporáneo o porque están ajenos a todo su universo. ¡Allá ellos! Por eso no considero oportuno volver a insistir en todo lo mucho bueno que, en estos años, Jimena Blázquez ha ido acumulando en esa parcela natural y mágica que constituye Montenmedio. Sólo una leve referencia para situarnos en este importante compromiso artístico que unifica y potencia los conceptos de Artes Plásticas, Naturaleza y Modernidad. Si ya el árbol maravilloso de Roxy Paine, el zigurat de Sol Lewitt, la descontextualizada "meona" policial de Fernando Sánchez Castillo, el hamman de Huang Young Ping, el pasadizo jardín de Michael Lin, la pared de ladrillos de Olafur Eliasson, los hoyos de Santiago Sierra, las porterías de Joana Vasconcelos, el inquietante y siniestro aviso de Mauricio Cattelan, la jaula de Susana Solano, los nidos de Marina Abramovic, el caudal artificial de Richard Nonas, el laberinto de Gunilla Bandolin, o los aplausos arbóreos de los Mp, entre otras piezas de singular e impactante conformación, nos habían situado en un idílico museo al aire libre donde el espectador accede a una situación artística distinta y llena de espectaculares incidencias, ahora, Second Wind 2005, del artista californiano James Turrel, completa esta colección que marca uno de los más atractivos episodios artísticos existentes en España.

El espectador avezado en la concepción artística de Montenmedio sabrá adentrarse por los entresijos forestales y rebuscar por su dédalo natural hasta situarse en un espacio abierto en el que se ha levantado esta gran instalación escultórica. Una de gran pirámide truncada encierra en su centro una especie de particular estupa que se ve rodeada por una fina lámina de agua que fluye incesantemente. El aspecto exterior no responde absolutamente con el misterio de su interior. Tampoco su materialidad externa predispone para lo que nos vamos a encontrar una vez traspasados sus límites. Unas formas ovuladas envuelven el recinto. El espectador, invadido por una extraña sensación, puede sentarse en las gradas que recorren todo el espacio y dejarse llevar por el espectáculo colorista y mirar a unas alturas donde se abre una superficie circular que deja pasar la luz, al tiempo que permite contemplar un cielo enmarcado. El recinto se llena de misterio lumínico cambiante; la quietud reinante predispone el espíritu para todo tipo de imprevistos encuentros. La realidad pierde sus fronteras y la emoción te hace mirar desde la magnitud de lo externo a la sima inasible del espíritu. Se produce un íntimo recogimiento.

La obra de Turrel crea inquietud, impacto emocional, te hace suspender el discurso normal de lo circundante para adentrarse en un universo de sensaciones. Estamos ante un especialísimo sagrario para huir de los desajustes cotidianos y recogerse en una nueva espiritualidad donde todo puede ser posible.

La última experiencia artística de Montenmedio vuelve a romper los esquemas de un arte habitual para adentrarnos por una circunstancia que nos aleja de lo material para imponernos la emoción incontenida de un paisaje que se contempla para situarnos en otra íntima dimensión.

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