Arte | Juan Salido La exuberancia colorista de una fiesta

  • El fotógrafo se adentra en un ruta distinta, por los caminos menos habituales de India

Juan Salido, ante una de sus obras. Juan Salido, ante una de sus obras.

Juan Salido, ante una de sus obras.

Juan Salido fue de los primeros, en Jerez, que cogió una mochila y se fue a recorrer mundo para sacarle a los paisajes remotos toda su esencia. No consistía en viajar por viajar, ver lo que había por esos horizontes lejanos con la única idea de conocer universos extraños. Eso ya lo habían hecho otros muchos. Juan Salido fue para traer y trajo la realidad social de aquello que captaba tras el objetivo de la cámara. De la decadente Venecia plasmó la magia exuberante de su Carnaval. Recorrió la Cuba profunda de extremo a extremo; no se detuvo en los parámetros conocidos de una Habana ampliamente retratada ni en los ambientes de una sensualidad mal entendida. ¿Para qué? Eran historias demasiado repetidas, con encuadres que aburrían por conocidos. Se introdujo en la Cuba lejana, en los parajes de la Guajira inhóspita, en los recónditos y salvajes espacios de una isla trabajadora hundida en la noche de los tiempos. Juan Salido escribió una lección de neorrealismo social, aquella visión de una realidad que desentrañaba íntimas e impactantes circunstancias. Y Juan Salido viajó hasta los extensos territorios de la India.

En una primera entrega nos situó en los ambientes de un país extremo, nos hizo tomar conciencia de la contundencia visual de un paisaje humano, rompedor, lleno de particular vitalidad, de infinitos registros y nos hizo participar de sus muchos matices cromáticos. Pero la India daba para mucho más, para infinitamente más. Con él, otros también hicieron las indias fotográficas. Desgraciadamente en lo artístico, cuando algo funciona, son muchos los que miran hacia lo mismo y dejan constancia –cuando pueden– de casi lo mismo.

Para esta ocasión, el fotógrafo buscó una ruta distinta, se adentró por los caminos menos habituales que ofrecía el país hindú y buscó en los horizontes donde la sociedad, la vida, la religión y la fiesta encuentran acomodo. Se situó en un territorio con una importancia cultural inmensa: Mathura-Vrindavan. Allí se celebra una de las fiestas más populares de la India, la fiesta Holi. Era el momento no sólo para aprehender la fortaleza visual que se desprende de un hecho dominado por el color; era la oportunidad de adentrarse casi por un estudio antropológico de la realidad de aquel espacio humano tan lleno de vida. De nuevo, la fiesta de la primavera tomaba forma en un lugar remoto del planeta. El centro era la diosa Krishna y en su honor una explosión de color anuncia que es tiempo de cosecha, que la nueva vida surge exultante tras el invierno. Para ello, el pueblo se embadurna –literalmente– de color. Durante una semana la gente, llegada de todos los rincones del país, vive en la calle para ofrecer su testimonio; los rezos en los templos y la algarabía en las calles toma forma en torno a una pasión colorista. Todo se convierte en una fiesta cromática en honor de la diosa. Tan especialísimas imágenes no pueden pasar desapercibidas para la mirada de un artista. Juan Salido nos ofrece toda una sinfonía cromática donde el entorno queda subyugado ante la potencia del color. El fotógrafo capta la decadencia humana y ambiental que ha perdido sus habituales posiciones tras la energía vital de un color que todo lo cubre y lo envuelve de una belleza efímera.

Juan Salido retrata de nuevo una sociedad distinta, extrae de lo más inmediato otra realidad mediata que, por unos días, se convierte en los bellos matices que ofrece una fiesta religiosa que, además, deja entrever infinitas posiciones para que lo real nos descubra una sociedad inquietante y sumamente impactante.

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